A la altura de la Historia

José Tomás sigue escribiendo su particular Summa de la Tauromaquia. Y ayer «sumó» seis toros, entre momentos de silencio y sinuosas danzas de la muerte

SERGI DORIA | BARCELONA
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Pase lo que pase y aunque el próximo pase de muleta sea aciago, José Tomás ya ha escrito la Historia. Los ultra-animalistas, por su parte, aprenden más inglés que buenas maneras. Blandiendo pancartas hostigan al aficionado (en inglés): «José Tomás. No es muy tarde para hacer lo correcto: ¡¡Tortúrate y mátate tú!!»: La ignorancia sigue siendo atrevida.

El redondel vibra como un cuadro de Barceló... Miles de brazos aleteando como hojas de un árbol multicolor arrullan al torero. Si Santo Tomás mezcló Aristóteles con el cristianismo, Tomás (José) marida a Séneca con el dios Mitra y Fred Astaire. Si Santo Tomás escribió la Summa Theológica, Tomás (José) sumó ayer seis toros sin que su semblante fuera más allá de una sonrisa de niño agradecido.

Y eso aunque el primer toro pareciera un boxeador sonado en temporada de rebajas y el segundo estuviera a punto de cargarse al picador. Su peña pedía silencio desde un tendido de sol y Tomás acabó mandando: no tardaron en crepitar las palmas. Resonaron los coros de admiración: «¡¡Enorme!!», gritó el señor de la silla 40 en el segundo. «¡¡Torero!!», coreó la plaza en el tercero.

Un murmullo acompaña esos momentos mágicos en que el maestro ejerce de Fred Astaire. Con su silueta de avispa se pone a bailar un agarrao con un toro que no se parece a Ginger Rogers. La sangre del astado le mancha la cintura y el fragor de la plaza deviene ronroneo sensual. Luego el fervor estalla y las gradas ostentan un blanco luminoso de pañuelos. El hombre (sabio)ha vencido, una vez más al toro (bravo). «¡¡Aquí mando yo!!», vuelve a gritar el señor del asiento 40» (se refiere, claro está, a José Tomás).

El paroxismo tomista se desencadena a media corrida. Cuando le conceden la oreja, el diestro vuelve a sonreír como un niño en la cabalgata de los Reyes Magos.

El maestro vuelve a bailar con el toro y pide música. Ejecuta —de espaldas— una danza peligrosa que culmina con una cogida. El diestro se recupera y demuestra quién tiene mando en plaza. Vendrán luego oceánicos instantes de silencio cada vez que el Hombre y el Animal se miran de frente. Entonces uno comprende por qué «ya» es Historia: «Todos vieron que en el centro de la arena estaba actuando un poder soberano, el único poder capaz de ese desprendimiento matizado casi de desdén: todos vieron la soberanía del hombre». Lo escribió Montherlant hace muchos años, pero es el vivo retrato de José Tomás.