Diego Urdiales y Castella salen a hombros
Diego Urdiales y Castella salen a hombros - torosenlogroño

Tarde de pasión y oro en Logroño

Urdiales, Castella y el mayoral de Fuente Ymbro, por la puerta grande

ángel gonzález abad
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Que les pregunten a los miles de espectadores que ayer asistieron a la plaza logroñesa de La Ribera si la tarde fue triunfal o triunfalista. Tarde de pasión en el ruedo y en los tendidos, tarde de toros y de toreros. Diego Urdiales y Sebastián Castella por la puerta grande. Entrega, valor y buen toreo por parte de los dos y una corrida de Fuente Ymbro seria por delante y con toros que se emplearon con casta. El resultado, la emoción con que se vivió toda la corrida. Emoción desatada a veces, porque el buen toreo, si lo es de verdad, emociona. No hubo triunfalismo, aunque a alguno le puedan parecer más o menos justas las siete orejas que se repartieron los coletudos. Hubo triunfo en poco más de dos horas intensas de competencia, con un Urdiales en sazón y un Castella pleno de poder y ambición. Dos toreros a hombros y la gente admirada por lo vivido. Feliz, que es la mejor manera de terminar una tarde de toros.

Urdiales venía con la responsabilidad de ocupar las bajas de Miguel Ángel Perera y Alejandro Talavante, y tras el triunfo del pasado lunes, no solo no le pesó el compromiso, sino que lo asumió con fe en el éxito. Y eso que las cosas no comenzaron bien, pues el primero fue el único borrón en la buena corrida de Fuente Ymbro. Pero aquella decepción pronto la superó en los otros dos. Al tercero se lo sacó a los medios con torería y allí rompió a embestir con bravura, series vibrantes, y una, por el pitón derecho, especialmente templada, que marcó la dimensión del riojano en otra ligada y del mismo corte de toreo caro. El final muy comprometido y la estocada de ley dieron paso a las dos orejas.

Le quedaba el quinto, al que toreó primoroso con las dos manos. Lentitud, armonía y buen gusto... Y hasta regusto, siempre a la altura de un toro que no admitía la mínima brusquedad. Se llevó otra oreja para redondear su tarde y su feria.

Una tarde que tuvo en el francés Sebastián Castella la réplica del deber y del valor. Salió a comerse los toros sí o sí. Desde los impávidos comienzos en pases cambiados, hasta los largos naturales; desde el arrimón con los pitones rozando los muslos, hasta el toreo fundamental pleno de mando; desde las verónicas rodilla en tierra hasta la gran estocada al cuarto que dio paso a las dos orejas; y así hasta el valor de torero macho cuando el sexto le enganchó para matarlo y volvió a la cara con la frialdad de quien asume un reto.

Siete orejas, siete. Y aunque alguno pudiera pensar que sobraba alguna, nadie podrá decir que no fue una gran corrida de toros. Una tarde de pasión y emocionada entrega. Una de esas tardes que engrandecen la Fiesta. Que les pregunten a los miles de espectadores si hubo triunfo o triunfalismo, que les pregunten...