Talavante comenzó de rodillas su emocionante faena al quinto toro
Talavante comenzó de rodillas su emocionante faena al quinto toro - paloma aguilar

San Isidro: capacidad de Luque, personalidad de Talavante

El sevillano corta una oreja y el extremeño pincha una original faena con una buena corrida de Juan Pedro Domecq

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Tarde de pasiones, polémicas, trofeos conquistados y trofeos perdidos por la espada; también, buen toreo. Luque y Talavante han podido cortar las orejas a un toro (Daniel, al tercero; Alejandro, al quinto) y abrir la Puerta Grande pero lo han perdido por la espada. Finito, ya se sabe... Los toros de Juan Pedro, en general, nobles y justos de fuerza.

El primer toro claudica demasiado, embiste cayéndose. Finito muestra su elegancia... sin toro. (Para algunos, el ideal de la nueva Tauromaquia). Cuando protestan en el «7», se encara con el público: a un partidario de Luis Miguel, como yo soy, eso no le puede parecer mal... si hay un toro serio delante. Si no lo hay, queda pintoresco. Al final, tres ayudados por bajo bonitos. La división de opiniones es fuerte. El cuarto huye a chiqueros, flaquea mucho. El diestro se muestra compuesto, sin más. Cae en la cara pero, con habilidad, se hace el quite. Mata mal: la división ha dado paso al silencio.

Alejandro Talavante, muy querido en esta Plaza, posee una cualidad importante, sobre todo, en estos tiempos tan gregarios: la personalidad. Sin redondear el triunfo, deja una tarde para el recuerdo. El segundo sale con pies, se mueve mucho y embiste con suavidad. Juan José Trujillo coloca un tercer par monumental, dejándose ver. Alejandro muestra enseguida su facilidad con la mano izquierda, su gran arma. Se embarulla, quizá por ahogar un poco al noble toro. (En un momento de apuro, comenta un vecino: «Ha cogido él al toro, no al revés»). Mata muy mal, sin cruzar.

El quinto parece renquear, quedarse corto, pero Talavante comienza con seis de rodillas; en uno de ellos, cuando ya se le veía cogido, se libra con un muletazo cambiado. Las palmas echan humo. Después, hace el poste, con aguante, y se lo saca por detrás; sorprende al público con recursos; insiste en las manoletinas y el cambio de mano. El tendido de Sol vibra. Pero vuelve a pinchar, haciendo mal la suerte. A pesar de eso, da la vuelta al ruedo. A la faena le ha faltado estructura, unidad, orden, pero ha tenido originalidad y gancho.

Desde hace años sabemos que Daniel Luque posee cualidades para ser torero importante. La temporada pasada, logró abrir la Puerta Grande de Las Ventas y concluyó felizmente, con los seis toros de Zaragoza. Esta tarde, confirma su madurez.

Luquecinas impecables

El tercero embiste con suavidad: lo sujeta a media altura, se luce al ponerlo en el caballo. Saluda Abraham Neiro con los palos. Comienza haciendo el poste y el toro se cuela, lo encuna, con dos volteretas fuertes; felizmente, sin herida. Mejora cuando le da la lidia adecuada: por el derecho, logra muletazos largos, templados; también le saca naturales, aunque el toro protesta. Culmina la faena con luquecinas impecables. La mala colocación de la espada le quita la segunda oreja, que hubiera cortado.

El sexto es un sobrero de Parladé que se duerme en el caballo. Saluda Chacón en banderillas. Daniel brinda a Talavante, le llama desde el centro, liga bien los derechazos hasta que el toro protesta. Mata a la segunda.

Luque tiene gran capacidad: lo que, en baloncesto, se llama «fundamentos». Talavante posee una sugestiva personalidad. Daniel debe perseguir la regularidad; Alejandro, estructurar mejor sus faenas. Pero los dos, con las reses de Juan Pedro, nos han dado una buena tarde de toros.

Postdata. Nuestro compañero José Miguel Santiago Castelo ha sido un excelente poeta; también, de tema taurino. Recuerdo su soneto, titulado «Tarde», en el que la corrida de toros sirve como metáfora de la alegría de la vida: «Quieta la sangre en el fulgor altivo / de una herida de flor sobre la arena / se deshoja en silencio. La serena / voluntad de la suerte tiñe un vivo / alamar de ofertorio y agonía. / Desnuda la muleta. Ciñe el cielo / la rojigualda luz de un paño al vuelo /hecho nardo, cintura y alegría. / Que se muera la muerte, que la vida / sea llamarte entre torres y banderas. / Capote, sol, clavel, brisa encendida, / labio al borde de nuevas primaveras... / ¡Qué hermosa está la tarde derretida / en el coso de amor de tus hogueras!»