Iván Fandiño, primera Puerta Grande de San Isidro
Iván Fandiño sale a hombros de Las Ventas - IGNACIO GIL

Iván Fandiño, primera Puerta Grande de San Isidro

Se juega la vida y corta dos orejas

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En el quinto festejo del abono de San Isidro, Iván Fandiño abre la Puerta Grande de Las Ventas, entre el clamor popular. Corta una oreja de cada toro. El golpe decisivo lo da al entrar a matar al quinto sin muleta, en un alarde de valor que impresiona al público. El triunfo de Fandiño es una noticia excelente para la Feria, que acaba de empezar; también para la Tauromaquia en general, necesitada de menos polémicas y de más triunfos.

¡Por fin lo ha conseguido Fandiño! Llevaba tiempo rondando esa Puerta Grande. Es un diestro clásico, de valor seco y magnífico estoqueador. En el anterior San Isidro, hizo la faena premiada pero recibió una grave cornada, precisamente con un toro de esta misma ganadería. No había tenido suerte en Sevilla. Si nos remontamos más, toda su carrera ha sido difícil: se ha curtido en los duros festejos de los pueblos. Tiene ambición, sabe lo que quiere. Algunas figuras se han resistido a aceptarlo en su reducido club. Ha llevado a cabo una pelea solitaria, esforzada, con fe en sí mismo. Esta tarde, por fin, sus sueños se han cumplido.

Los toros de Parladé, justos de presentación y fuerzas, se han movido mucho, han ido para arriba, han dado buen juego: se ha ovacionado fuertemente al quinto y despedido con aplausos al segundo y cuarto.

El comienzo no ha podido ser peor: un toro de poca presencia y casta encrespa a la afición. En la muleta, acaba dando un juego aceptable. El Cid se tapa con oficio pero no consigue brillar y mata mal. El cuarto también flaquea pero se viene arriba, repite. Molesto por el viento, El Cid se pelea, hace el esfuerzo, sufre algún desarme. Mata de media perpendicular. El comentario es inevitable: en otra etapa de su carrera...

El joven Ángel Teruel, de ilustre dinastía, ha toreado muy poco. Su padre fue uno de los grandes toreros de Madrid. (Paco Umbral lo menciona ya en su libro «Travesía de Madrid»). En el tercero, claudicante, torea con buen estilo, con naturalidad, con aroma clásico. La estocada es buena pero el toro tarda en caer. No es justo que no le aplaudan. Vuelve a lucir su buen concepto y sus pulcras maneras en el último. Merece que le den oportunidad de torear más.

La tarde, obviamente, es de Iván Fandiño. El segundo, justo de presencia, va a más, galopa. El diestro, muy firme, lo llama de lejos, aguanta la encastada embestida, va imponiendo su dominio. La faena no es perfecta pero sí emocionante. Y la estocada, magnífica, con su personal estilo: sacando el brazo desde el centro del pecho, sin tomarse ninguna ventaja, con mucho riesgo, cruza con guapeza y clava en lo alto: ¡así se mata! Solo la espada merece ya el trofeo conseguido.

Llega el momento...

¿Logrará la segunda oreja que necesita para salir en hombros? En el quinto, saluda Miguel Martín después de dos grandes pares. (Apunten este nombre: ya estuvo muy bien en Sevilla). El comienzo de faena, impasible, valentísimo, levanta ya un clamor. Se suceden las series de naturales, clásicos, tragando mucho. Por la derecha, el toro va todavía va mejor, aumenta el acoplamiento y el nivel artístico. Acierta con una faena medida, sin alargarla. Llega el gran momento, la estocada lo va a decidir todo. Y surge lo inesperado: Iván tira la muleta al suelo, entra a matar sin ella. (Es algo que solía hacer el matador Antonio José Galán, al que apodaban cariosamente «el loco»: lo ha repetido, hace poco, en Sevilla, el novillero Gonzalo Caballero, pero la mayoría del público que esta tarde casi llena Las Ventas nunca lo había visto). En una estampa impresionante, se vuelca Iván sobre el morrillo y, a cambio de un fuerte topetazo, deja la espada en todo lo alto. ¡La suerte está echada! Ni los dos descabellos pueden impedir esta nueva oreja y la salida en hombros, en medio de una multitud jubilosa. Escucho a un vecino: «Si yo fuera torero, no dejaría que me dieran esa paliza». Pero yo sé que, para Fandiño, es la tarde más feliz de su vida.

«¿De dónde es este torero?», me pregunta una espectadora. De Orduña, junto a Bilbao, donde nació. De La Coruña, donde tiene antecedentes familiares. De Valencia, en cuya Escuela Taurina estudió. De Guadalajara, donde ahora reside. Sin retórica ni cursilerías, es torero de España. Y, a partir de esta tarde, felizmente, torero de Madrid.

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