Temporada 2010: triunfos y cornadas

Enrique Ponce, por marcar un hito con sus dos mil corridas, y El Juli, por su regularidad, han sido los protagonistas

MADRID Actualizado:

Justamente el año en que el filósofo Mosterín proclamó que los toros bravos apenas tienen peligro, que el mayor riesgo para los diestros nace de los arpones de las banderillas que él mismo ha colocado, la sangre se derramó, una vez más, sobre la arena de los ruedos.

Recordar esto no es tremendismo sino justicia: la Fiesta siempre ha sido así y sigue siéndolo hoy. En la posibilidad de que eso suceda radica parte de su grandeza.

El Premio ABC ha considerado acontecimiento taurino más relevante al hecho de que Enrique Ponce alcanzara su paseíllo número dos mil en la corrida goyesca de Ronda: una cifra sin parangón, en la historia, y un diestro que se mantiene en la cumbre, con tardes tan sobresalientes como la de Bilbao, con los difíciles toros del Puerto de San Lorenzo. La espada le ha privado de muchos más triunfos.

La máxima regularidad la ha alcanzado El Juli, en plenitud de madurez clásica. Desde Valencia hasta Jaén, ha triunfado todas las tardes, con seguridad asombrosa. Único reparo técnico: el excesivo retrasar la pierna contraria, descargando la suerte.

Morante, caso aparte

Caso aparte es el de Morante, artista auténtico, con más técnica y valor de lo habitual en esos diestros, que resucita bellos gestos de tauromaquias clásicas. Con el capote, hoy, no tiene rival: su tercio de quites madrileño, por ejemplo, fue inolvidable.

Logró remontar El Cid, al que algunos dieron por muerto, y culminó una segunda parte de la temporada de brillantez clásica.

No pudo venir a Madrid ni rematar el año José María Manzanares, el más cercano a la cumbre de los jóvenes, por su natural elegancia y su certera espada.

Los percances han parado un poco a Miguel Ángel Perera, detenido también en el comienzo de temporada. Debe recuperar su sitio.

Nadie discute el valor de Sebastián Castella pero tuvo la suerte (¿desgracia?) de que le tocaran muchos toros buenos en las principales ferias y no lograra aprovecharlos del todo.

Un año más, El Fandi es el líder por número de actuaciones y por el espectáculo que da con los palos. Está cuajando en un diestro técnico y poderoso.

Además del tirón popular, Cayetano tiene plástica y raza torera, pero le sigue faltando oficio: lo propio del que ha empezado muy tarde.

Sigue muy irregular Talavante, que a veces luce una mano izquierda notable, y mata deficientemente.

Planteó mal el comienzo de la temporada Daniel Luque, con apuestas excesivas en Madrid y Sevilla. Al final, ha vuelto a ser una firme esperanza.

Algunos nombres más: el arte de Curro Díaz, Leandro (a pesar de la espada) y Morenito de Aranda. Con las divisas duras, el buen estilo de Urdiales y el oficio de Rafaelillo. De los más jóvenes, el temple de los manchegos Rubén Pinar y Tendero, pendientes todavía de definirse.

Al final de la temporada, Juan Mora ha resucitado en Madrid una forma clásica de torear, con naturalidad, gusto y la espada de verdad preparada, cuando el toro pide la muerte.

De los novilleros, la clara esperanza del salmantino Juan del Álamo, con buen concepto y valor, pero verde con la espada.

A caballo, hemos disfrutado con la rivalidad de dos grandes jinetes, el magistral Hermoso de Mendoza y el espectacularísimo Diego Ventura. Y asciende escalones Leonardo Hernández.

No ha sido —creo— un año brillante para las ganaderías. Destacan claramente Núñez del Cuvillo, Victoriano del Río y La Quinta; a veces, Victorino, los Lozano, Valdefresno y El Pilar. Nos ilusionamos con la recuperación de los hermosísimos pablorromeros. Pero ha habido demasiados toros blandos, flojos, descastados...

Luces y sombras

Luces y sombras, triunfos y cornadas. Así ha sido siempre, se dirá. Es verdad. Pero los ataques políticos y el desinterés de buena parte de la sociedad exigen que la Fiesta tome un nuevo rumbo, con mayor autenticidad y emoción.

Me recuerda José Luis Moreno-Manzanaro unas frases del maestro don Gregorio Corrochano. Decía así, hace muchos años: «Que nadie piense que un reglamento (yo lo sustituyo ahora por “la adscripción a un Ministerio”) ampare, defienda y regenere la Fiesta, cuando no están dispuestos a regenerarse los que han sido causa y culpa de su degeneración». Parece escrito hoy mismo.