«Traffic», cruce de géneros

JOSÉ EDUARDO ARENAS
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Con «Traffic», Steven Soderberg llega al cénit de su carrera. La cinta, documento, película de acción (cumple con cualquier definición) tiene un tratamiento en el que parece no dársele demasiado protagonismo a la imagen como tal para volcarse en la descripción de los múltiples personajes y encuadres. Va mucho más allá de lo que hemos percibido hasta ahora, porque sí dio gran importancia a la estética. Existe un claro tratamiento del color, y se percibe en que cada situación de la narración tiene su color determinado, al igual que los personajes: del amarillo de los mexicanos a los surcos remarcados en el rostro un Michael Douglas, al que no falta, por otra parte, una pericia de la luz en el trazo de los contornos, o el tratamiento a Zeta-Jones maquillada sin maquillaje en su redondeado quinto mes de embarazo natural. El tamaño del grano en diferentes escenas es otro elemento narrativo y sensitivo. Cámara al hombro y movimientos rápidos, la descripción está preñada del dogma sin serlo.

Resulta imprescindible la revisión de esta película para entender la evolución del responsable de «Sexo, mentiras y cintas de vídeo». Al escarbar entre las muchas escenas de impacto físico y moral se desprende su modo de hacer, un ejemplarizante interés y estudio al pretender rejuvenecer la nouvelle vague y, como aquella a la francesa, luchar contra las estructuras, en esta ocasión americanas, y emparejarlo con un plus de dogma, al que le hinca el diente sin dejar señal. Con igual fortuna se tima con el documental siendo su resultado el contrario al sobresalir su propio estilo hasta confeccionar una de las mejores obras de su carrera. La gravedad del tema lo pide: el mundo de la droga, de cómo se infiltra en nuestras vidas a través del trabajo, la familia, la política o las finanzas, directa o indirectamente. Historias paralelas que se van recomponiendo hasta tener el punto de relación deseado que al comienzo no se prevé y muestra poco a poco.

Alejandro González Iñárritu bebió de «Traffic» en sus graníticos «21 gramos» y «Babel», lo mismo que Soderberg hizo con «Rompiendo las olas», de Lars Von Trier. En la globalización actual, el Soderberg de «Traffic» es un director netamente europeo.

Como novedad, el dar cobijo a las grandes estrellas en películas a lo nouvelle vague, que no contó nunca con ellas, aunque después en sus carreras alcanzaran tal posición. Aquí las despoja de la «careta», el colorete y les quita brillos. Es una película totalmente realista, para nada documental, que intenta poner en su sitio a luminarias arrancándoles el glamour de la piel. Lo contrario a lo que hizo antes en «Erin Brockovich», a mayor gloria de Julia Roberts, que obtuvo el Oscar a la mejor actriz.

Cuatro estatuillas

De los cuatro Oscar que obtuvo este filme, uno de los más celebrados, por su innovación, fue el concedido al montador Stephen Mirrione, que con fino tacto hiló los deseos del director (Mirione trabaja ahora con Iñárritu en «Biutiful», protagonizada por Javier Bardem). El calificativo más acertado para el cineasta con respecto a «Traffic» es su valentía al conducir un vehículo de gran presupuesto con marchamo de autor independiente y sin calderilla.

Personalmente, me parece un remake de «Sed de mal», de Orson Welles, una obra maestra absoluta del cine negro. El policía bueno y el policía malo, el policía chicano y el americano; en un caso es la mujer y en el otro la hija la que va a Tijuana, una secuestrada y otra por un asunto de drogas. Orson Welles dio a su obra un tratamiento más esteticista, dirigía e interpretaba; a la vez que Soderberg dirige y es el autor de la fotografía, por eso se atreve a dar una vuelta de tuerca a la estética.