Natalia Hernández (en primer término) y Eva Trancón, en una escena de «La ternura»
Natalia Hernández (en primer término) y Eva Trancón, en una escena de «La ternura» - Teatro de La Abadía
CRÍTICA DE TEATRO

«La ternura»: Sabroso calderete shakespeariano

Alfredo Sanzol ha escrito y dirige una comedia dentro del proyecto Teatro de la Ciudad

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Como comedia romántica de aventuras define Alfredo Sanzol un delicioso guiso de amores y magias colocado bajo la advocación del Bardo de Stratford. La receta bien podría ser la de un calderete, atendiendo a las raíces navarras del autor y al plato al que cantan los tres leñadores, un padre y sus dos hijos, que viven apartados en una isla ignota huyendo de las acechanzas femeninas, aunque los pobres no saben la jugarreta que les depara el destino, pues la reina maga Esmeralda y sus dos hijas llegan a la misma isla, que creen deshabitada, con la pretensión de mantenerse apartadas de los hombres, pues las dos jóvenes estaban destinadas por razones diplomáticas al matrimonio organizado con sendos nobles ingleses. A partir de ahí, imagínense lo que puede ocurrir.

«La ternura» (****) Autor y director: Alfredo Sanzol. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Pedro Yagüe. Música: Fernando Velázquez. Intérpretes: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón. Teatro de la Abadía. Madrid

En la olla donde cocina «La ternura», Sanzol mezcla ingredientes shakespearianos provenientes, así a vuelapluma, de piezas como «El sueño de una noche de verano», «Noche de Reyes», «La tempestad», «Trabajos de amor perdidos», «Como gustéis» y «La comedia de las equivocaciones»; hay otras cuyos títulos son engarzados en los diálogos como aromas de especias sugeridas. La salsa es un lenguaje destilado a base de muchas lecturas del Cisne del Avon y perfectamente adobado con sabrosas y opulentas metáforas de estirpe barroca. Y todo está sazonado con un humor descacharrante… y tierno, desde luego.

Como en las comedias de la época, hay sucesos extraordinarios -verbigracia, el naufragio de la Armada Invencible- que suceden fuera de la vista del público y narran los personajes, cuyos nombres van asociados al color de sus vestimentas: la princesas son Rubí y Salmón, y los leñadores, Marrón, Verdemar y Azulcielo, lo que contribuye a perfilar la atmósfera de cuento de hadas que tiene el conjunto, con su correspondiente morajela enunciada por el autor: si queremos amar nos tenemos que arriesgar a sufrir.

Sanzol dirige su texto en esa clave de relato maravilloso lleno de equívocos, sorpresas y cambios de perspectiva, más en la línea del homenaje y la recreación que en la de la parodia. El vestuario y la escenografía de Andújar tienen vocación de austeridad, dejando la viveza de colores y fantasías al arbitrio de la imaginación, ayudada por la sugerente iluminación de Yagüe. Los intérpretes realizan un formidable trabajo cómico en el que se trasluce su complicidad. Los padres, Juan Antonio Lumbreras y Elena González, mantienen un pulso épico. Y los hijos -Natalia Hernández, Eva Trancón, Paco Déniz y Javier Lara- se entregan al enamoramiento clandestino y hasta culpable. Un festín de carcajadas shakespearianas, y sanzolescas, por supuesto.