Lluís Pasqual
Lluís Pasqual - Vanessa Gómez

El teatro en Cataluña: lazo creciente, taquilla menguante

La pasada temporada se saldó con una caída de 187.211 espectadores y un descenso en la recaudación de seis millones de euros

BarcelonaActualizado:

Lazo creciente, taquilla menguante. Daniel Martínez, presidente de Focus, cifra en 24.000 el descenso de espectadores en sus teatros: Romea, Condal, Goya y Villarroel. «Aún duele pensar en el descalabro de los tres primeros meses -se refiere a los del “putsch” parlamentario-, las cosas mejoraron luego, pero no pudimos recuperarnos del todo».

Si sumamos toda la escena catalana, la caída de espectadores es de 187.211: un tercio de estos, los meses de octubre y noviembre. Traducido en euros: seis millones menos de recaudación. «No contábamos con la inestabilidad política que provocó bajadas de público de hasta el 15 por ciento en los meses de octubre y noviembre», confirma Bet Orfila, presidenta de Adetca (Associació d’Empreses de Teatre de Catalunya)

Para entender lo que ocurre en el teatro catalán conviene evocar la historia de un malentendido. La discriminación positiva de la lengua confundió nacionalismo con progresismo. La subversión libertaria de la Transición -Saló Diana- acabó sepultada por el mirífico «sol poble» que bendecían un PSC y un PSUC acomplejados por el pujolismo. La obsesión por la lengua y su identificación con la cultura depara hilarantes episodios. En 1982, el Lliure representó en catalán «Fulgor i mort de Joaquín Murieta»: Pablo Neruda traducido por Martí i Pol con música de Josep M. Mainat -independentista, sector Operación Triunfo-. Recuerdo la crítica de Joan de Sagarra en la Guía del Ocio: renunciar al original era como convertir «Fuenteovejuna» en «Fontovellenca».

El separatismo dice luchar contra la «represión del Estado», por los «derechos civiles», la «libertad de expresión»… Y estas medias verdades rigen un ecosistema cultural que cultiva el seguidismo político y participa de una aparente -por ruidosa- unanimidad. No hay revolución más falaz que la organizada desde la administración -«revolta dels somriures»-, ni teatro menos transgresor que aquel que soslaya la crítica explícita hacia un poder reencarnado en «ogro filantrópico»·

El unanimismo nacionalista parece una anécdota de Giovanni Agnelli. Mussolini visita la FIAT e inquiere a su fundador sobre la ideología de los trabajadores. Agnelli intenta salir del paso: son centristas católicos, democristianos, socializantes… Mussolini aprieta la mandíbula: ¿Y fascistas? El empresario sonríe de oreja a oreja: «Fascisti tutti, Duce».

Discutir la estrategia secesionista implica ser tachado de mal catalán. En 2015, Josep Maria Pou -independiente, no independentista- ponía en solfa la retórica mística contra el Estado: «Estoy cansado de que en Cataluña cada frase sea una frase histórica, cada gesto sea un gesto histórico y cada día, un día histórico». El «proceso», añadía, «no es mi guerra».

El linchamiento en las redes no se hizo esperar. Tres años después, la elección de Pou como «catalán del año» por los lectores de «El Periódico» motivó estas valientes palabras de agradecimiento: «Me gusta que el premio sea al “catalán”, sin apellidos, ni etiquetas, sin “ismos”, ni “istas”. Muchas de las cosas que he vivido no me han gustado nada y me hacían sentir un mal catalán porque no estaba de acuerdo con muchas actitudes que me decían que aquello -se refiere a la independencia- era el ideal, la perfección, el camino de la realización total».

La relevancia de Pou en el teatro catalán y español le ha permitido expresar lo que realmente piensa. Como Nuria Espert, Mario Gas, Rosa Maria Sardà o -el que más- Albert Boadella. Otros de su generación -Joan Lluís Bozzo-, han optado por la militancia oficialista: la decadencia creativa de Dagoll Dagom -siempre en perpetuo «Mar i Cel»- es inversamente proporcional a la gesticulación «patriótica» de su director.

La dimisión de Pasqual en el Lliure fue por algo más que la prórroga de su mandato, su onerosa nómina, o las quejas de una actriz por el trato recibido. Mario Gas, que sabe lo que pasó en el teatro catalán desde 1980, ve en la campaña una revancha por no ser independentista (y eso que impulsó el ciclo «En Proceso», en torno a la situación catalana): «No alinearse en esa dirección quizá haya servido en ese cocido preparado para conseguir que Pasqual no siguiera».

Agradezcamos a Xavier Albertí que el TNC -escenario donde Torra declama bravatas con el Parlament chapado- abra temporada con «El jocs florals de Canprosa» de Santiago Rusiñol, sátira del provincianismo cultural que ya levantó ampollas en 1902.

Concluyamos con una cita del Rusiñol articulista sobre la ausencia de humor del nacionalismo: «Cada paso que da es un acto, cada tres pasos tres actos, y cada sardana un programa. Él no ríe nunca; eso es sagrado; él no bromea; él da ejemplo… Y cuando vuelve al hogar con la camisa empapada, está satisfecho de sí mismo... ¡Ha puesto su grano de arena para hacer el casal de la Patria

Sirva de ejemplo la consejera de Cultura y su soflama en la pasada Fira de Teatre al Carrer de Tàrrega: «Las calles serán siempre nuestras». ¿Los teatros también?