Una escena del montaje teatral de «La Strada», dirigido por Mario Gas
Una escena del montaje teatral de «La Strada», dirigido por Mario Gas - ABC
Crítica de teatro

«La Strada»: tres personajes en busca de un camino

Nunca Fellini fue más Chéjov, nunca Mario Gas logró unir a Chéjov con Samuel Beckett y los cómicos del cine mudo

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Cuando uno ve «La Strada» recuerda aquellos cómicos ambulantes que atravesaban las provincias de nuestra niñez. Aquellos feriantes que lo mismo encendían el cine en una sábana de verano, que arrancaban la risa de los pueblos a golpe de sainete o de números de circo. Ellos eran la pobreza, el ruralismo y la suciedad marginal de aquel gran espectáculo del mundo del espectáculo. Mario Gas los homenajea hoy porque siempre están con nosotros, porque de alguna manera seguimos siendo ellos. Los homenajea a través de Fellini y con sus mismas armas.

En efecto Mario Gas monta un texto engañosamente sencillo, una historia apenas esbozada a la que hay que prestar atención en sus zonas de sombra y en su interlineado. Nunca Fellini fue más Chéjov, nunca Mario Gas logró unir a Chéjov con Samuel Beckett y los cómicos del cine mudo. Como ocurrió en la recepción de la película, el argumento es tan simple que las reacciones del público pueden ir de la frialdad al entusiasmo. Unos dirán que «La Strada» se juega en los detalles, en la atmósfera, que su fuerza emotiva no está en la acción sino en la sutileza de sus símbolos. Otros apelarán a un mayor desarrollo, a un discurso más efectivo. Es la vieja polémica que ha acompañado siempre a esta obra.

La historia de Zampanó, Gelsomina y el Loco es violenta y maravillosa porque se juega en el combate de los contrastes: la inocencia y el maltrato, la búsqueda de la vida y el encuentro con la muerte.

Circo trágico

El montaje es simbólico, entre la fantasía y la realidad, con esas estructuras metálicas, esos ambientes desolados por el frío, el motocarro, el olor a incienso y, sobre ellos, esas pantallas de vídeo que dan una nueva dimensión a la historia. La música es sencillamente emocionante con esa trompeta que atraviesa vidas y destinos, y con una banda sonora capaz de enfatizar cada escena. Las interpretaciones de Alberto Iglesias, Alfonso Lara y Verónica Echegui son magníficas, capaces de meternos de lleno en estas psicologías a la deriva, en este circo trágico de personalidades.

«La Strada» es una historia de amor, un viaje por los caminos del amor. Zampanó lo vive como un sentimiento naturalista, animal y violento, el Loco como una posibilidad real de dejar atrás una vida, y ella, Gelsomina, como una condena. Son, en el fondo, distintas formas de ternura, distintas formas de señalar el extravío. Porque el amor es siempre un sentimiento peligroso e irrenunciable.

Mario Gas ha sido fiel a Fellini en lo esencial, en mostrarnos esa lucha entre lo monstruoso y lo angélico. Y lo ha hecho con el rigor a que nos tiene acostumbrados. Sin renunciar siquiera a los límites que tiene esta obra.