Sergei Polunin
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Sergei Polunin, expulsado de la Ópera de París por homófobo

La directora del Ballet francés ha retirado al bailarín ruso la invitación para actuar en febrero en «El lago de los cisnes»

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En tiempos de dominio de lo políticamente correcto no encaja un espíritu libre como Sergei Polunin. El Ballet de la Ópera de París ha retirado la invitación que le había hecho al bailarín ruso para interpretar en febrero «El lago de los cisnes» en la Ópera Bastilla.

Lo anunciaba así la cuenta de Twitter de la propia Ópera de París: «Dadas las declaraciones públicas hechas por Sergei Polunin, Aurélie Dupont, directora de Danza, ha tomado la decisión de no invitar al artista. Estas declaraciones no están de acuerdo con sus valores ni con los de la institución». Antes de este tweet, Aurélie Dupont había comunicado su decisión a los bailarines de la compañía.

Las declaraciones que han motivado la expulsión del «enfant terrible» de la danza se publicaron a través de instagram (cuya cuenta tiene 17.000 seguidores), y provocaron rechazo inmediato por su descarada homofobia y machismo. «El hombre debe ser un hombre y la mujer debe ser una mujer. Las energías masculinas y femeninas crean equilibrio. Esa es una de las razones por la que tienes huevos. Igual piensa fuera del ballet, hombre, ¿qué te pasa? Las hembras ahora intentan asumir el rol de hombre porque no las follas y porque eres una vergüenza. Los hombres son lobos, los hombres son leones, los líderes de la familia que se supone que deben cuidar de todo. ¿Qué ocurre? Deja de ser débil, sé un hombre, sé un guerrero, ¿qué te pasa? Sin respeto por ti, la vida te derribará, te pondrá de rodillas y te lavará. Necesitas una buena bofetada para despertarte Increíble !!!»

Polunin, un hombre envuelto en polémicas desde hace años, es un ardiente defensor de Vladimir Putin, cuyo rostro se ha tatuado en el pecho. Entre otras lindezas en el pasado, propuso que se abofeteara a los gordos y criticó el afeminamiento de sus compañeros. «Ya hay una bailarina en escena, no se necesitan dos».

Los incendiarios textos del bailarín habían obtenido la respuesta, en algunos caso acaloradamente airada y en otros irónica, de artistas del Ballet de la Ópera de París -que la semana próxima actúa en el Teatro Real-, entre ellos Adrien Couvez y Ludmila Pagliero.

Sergei Polunin es una de las figuras más fascinantes y a la vez más controvertidas del mundo de la danza. Nacido en Ucrania en 1989, con trece años se trasladó a Londres a estudiar en la escuela del Royal Ballet. Tras entrar en la compañía en 2007 y ascender en tan solo tres años a la categoría de Primer Bailarín -con solo 19 años se convirtió en el más joven de la historia de la prestigiosa compañía-; allí se convirtió en una estrella. Los focos del mundo de la danza se centraron en él; sus actuaciones eran seguidas por cientos de fieles, los críticos se deshacían en elogios y se le comparaba nada menos que con Rudolf Nureyev, tal era la perfección de su técnica y la fiereza de su baile. Logró varios premios, entre ellos la medalla de oro del Prix de Lausanne. Pero en 2012, con solo 22 años, Sergei Polunin anunció su sorprendente retirada. El bailarin ucraniano adujo entonces que «el artista que llevo dentro estaba muriendo» y que se sentía profundamente desgraciado.

Su situación familiar (la abrupta separación de sus padres), la fama mal asimilada y la presión del lugar de privilegio que mantenía en el mundo del ballet, que le obligaba a mantener una estricta disciplina provocaron su situación. El bailarín combatió entonces sus depresiones con excesivas salidas nocturnas -aireadas por él mismo a través de las redes sociales, y aceptando el papel de «chico malo» que los medios de comunicación le adjudicaron-; con la bebida, primero, y más tarde con la droga. Sergei Polunin ha reconocido que llegó a subir al escenario para bailar «colocado» y bajo los efectos de la cocaína. «Decidí seguir la corriente a los medios de comunicación -dice Polunin-, aunque, en realidad, hizo que todo fuera más difícil porque a raíz de esa imagen nadie quería trabajar conmigo; las grandes compañías preferían trabajar con alguien más seguro y predecible. Básicamente estaba cavando mi propia tumba».

Al tiempo, el bailarín exhibió su rebeldía llenando su cuerpo de tatuajes, algo prácticamente proscrito entre los bailarines de ballet; entre esos tatuajes -tiene más de una docena- la imagen de Heath Ledger como Joker en uno de sus hombros; las cicatrices del zarpazo de un tigre en su pecho; un «kolovrat», símbolo eslavo pagano, en su estómago; la imagen de la parca en su costado derecho, un lobo, recordando su primer papel como primer bailarín en «Pedro y el lobo», en su cintura; el símbolo de la bandera chechena en su costado izquierdo; la iglesia donde fue bautizado en su espalda; o una frase (con errata incluida): «I am not a human. I am not a god. I am hwo I Am» («No soy humano. No soy un dios. Soy quien soy»).

A estos se suma el rostro de Vladimir Putin en el pecho, uno de sus últimas adquisiciones -se lo hizo a finales del pasado año-: le valió críticas en su Ucrania natal y al tiempo la nacionalidad rusa.