El Real canta y cuenta su historia

Leopoldo HONTAÑÓN
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Sin esperar a que llegara la fecha exacta —ayer faltaban exactamente 71 días—, el renacido coliseo de la plaza de Oriente celebró anoche por todo lo alto sus primeros 150 años de vida. Para hablar con mayor exactitud, los 150 años transcurridos desde su primera apertura al público operístico. Por todo lo alto decía. Sí. En primer lugar, con Sus Majestades los Reyes presidiendo su celebración desde su Palco. Luego, rodeada ésta de un ambiente separado de cualquier aire artificial de fiesta, pero rebosante de ese contento natural que embarga los auténticos interesados por el género operístico desde la apertura a él del Teatro. Después, las cosas discurrieron por unos cauces en los que quedaron demostradas, y con sobresaliente «cum laude», una serie de cosas que enseguida enumeraré. No con ánimo de teñir esta crónica de urgencia de tintes críticos detallados que no procederían —ojo: y no porque las alabanzas no hubieran de ser el denominador común—, sino con la intención de dejar explicado lo mejor que pueda hasta qué punto se dio en la diana, por los organizadores de este aniversario, del sentido y de las características que debían definirlo.No por ajena a cualquier planteamiento previo, debe dejarse de aplaudir la intervención inicial de Juan Cambreleng en la que recordó al policía Luis Ortiz, asesinado aquí en Madrid por la organización terrorista ETA anteayer, y anunció la decisión de suspender la recepción prevista para después del concierto.

ACERTADO PASEO POR LA HISTORIA

Pero es que, tras ella, pudo comprobarse hasta qué punto había acertado Joaquín Turina —no en balde es especialista primerísimo en la historia del Real— en la preparación del guión de la velada, en el que con tanta justicia como verdad se destacaba la labor a favor de nuestra música de la etapa actual, representada anoche por sendos coros de «Divinas palabras», de Antón García Abril, y «Don Quijote», de Cristóbal Halffter; cómo Luis Álvarez se había identificado del todo con su papel explicador y de jefe de ceremonias; cómo los solistas vocales, y el espacio no permite detalles, estuvieron todos muy lejos del bolo: José Bros, en «La favorita»; Ana María Sánchez, en «La forza del destino»; María José Montiel, en «Lohengrin»; Carlos Álvarez, en «Carmen»; Jaime Aragall y Alicia Nafé, en «Caballería rusticana» y Aquiles Machado y Ainhoa Arteta, en «La Bohème», más el gran Plácido en el «brindis» de «La traviata»; y cómo, finalmente, cumplieron como los mejores la Sinfónica de la Comunidad, el coro que prepara Martín Merry y los directores que los condujeron, nada menos que Plácido Domingo y Cristóbal Halffter.