En el planeta pasado

En el planeta pasado

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POR MANUEL LUCENA GIRALDO

Los buenos periodistas cuentan con un olfato especial para saber dónde y cuándo puede surgir una noticia. El norteamericano John Reed debió poseerlo, ya que después de pasar toda clase de aventuras en México con Pancho Villa se trasladó a Rusia como corresponsal de guerra. Antes de morir de tifus en 1920, Reed publicó el libro-reportaje «Diez días que conmovieron al mundo», un relato a su manera -sin asomo de crítica- de la revolución soviética sin duda responsable, al menos en parte, del comienzo de su mitificación universal. No resulta extraño, por tanto, que el gran director Sergei M. Eisenstein, después de «El acorazado Potemkin», partiera de la obra de Reed para reconstruir con un estilo documental los eventos que suceden desde el fin de la monarquía de Nicolás II en febrero de 1917 a la toma del poder por los bolcheviques. En los años que fundaron el cine como séptimo arte, los esfuerzos de Eisenstein por conseguir una obra perfecta se hacen visibles en detalles como la participación de once mil extras en la toma del palacio de invierno en San Petersburgo, ciudad que quedó oscurecida a ratos debido a las necesidades de energía del equipo de rodaje. La sintonía entre las acciones individuales visibles en las tomas de rostros concretos y el poder de las masas, cuyo contrapunto es la corrupción de la burguesía, se resalta con la música de Shostakovich.

Años atrás el norteamericano D. W. Griffith, otro de los padres fundadores del cine, había contribuido a definir la poética de la imagen en movimiento con «Intolerancia», cuyo subtítulo es «La lucha del amor a través de los tiempos». En ella narra la historia contemporánea de una pobre joven separada por los prejuicios sociales de su esposo y su hijo; esta trama principal se vincula a otros tres relatos de intolerancia situados en la antigua Babilonia, la Judea que condenó a Jesucristo y el París de la matanza de San Bartolomé (1572).

Si aquí asistimos a una historia que juega con perspectivas grandes y pequeñas, en la excelente versión de «Ana Karenina», el clásico de Tolstoi, dirigida por Julien Duvivier con Vivien Leigh de protagonista, se narra en imágenes el drama histórico representado por el choque entre lo posible y lo deseable en aquella Rusia que, sin saberlo, se dirigía a toda marcha hacia la revolución.