PAYASOS EN PIE DE GUERRA

JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Pasen y vean el mayor espectáculo del mundo: la guerra. Eso parece decirnos, desde la pequeña pista circense en que se ha convertido el escenario de La Abadía, el grupo de clowns que juega a hacer la guerra para edificar un hermoso y contundente canto a la paz. Utilizan como base un texto de combate de Bertolt Brecht, «Los Horacios y los Curacios», escrito en 1934 contra el nazismo rampante y el espíritu de exaltación bélica que lo envolvía y caracterizaba. El autor alemán adjuntó a esta obrita un subtítulo inequívoco: «Pieza didáctica», que subraya el carácter de enseñanza que lo anima, una lección cuya tesis es que en una guerra se resumen todas las guerras y que no hay guerra justa, por más que, aunque la muerte y la desolación se abatan igualitariamente sobre los dos ejércitos contendientes, Brecht haga que la victoria, amarga naturalmente, corresponda al final a los agredidos frente a los agresores. Un didactismo universal que, como las guerras se suceden con la terquedad de las estaciones, es posible acomodar a las circunstancias de cada época; y es justo decir que en el montaje presentado en La Abadía no se arrima el ascua a ninguna sardina recién pescada, y, en consecuencia, no hay alusión alguna a ningún conflicto en marcha: que cada cual extraiga las conclusiones que le convengan, pues el dramaturgo alemán ya es suficientemente claro en sus postulados y el espectáculo también. Hernán Gené ha preparado un artefacto teatral primoroso que conjuga música, canciones, pantomima, elementos escenográficos muy ingeniosos y unos payasos estupendos en gesto, voz, intención... «Sobre Horacios y Curiacios» es así un formidable espectáculo, muy bien hecho, de neta intención pacifista, pero que convoca -al menos a mí me pasó- una suerte de paradoja. Intentaré explicarlo: las técnicas de distanciamento acuñadas por Brecht y que están en la esencia del teatro mismo contribuyen a que la guerra sea vista como un asunto grotesco y odioso al tiempo, Gené incrementa ese distanciamiento con un nuevo filtro -la obra se ofrece en clave de clown- que agrega un componente ternurista que de alguna forma difumina esos postulados, convirtiendo en amable lo ácido, colocando la sonrisa donde tal vez debería campear el inquietante estupor. En fin, es una apreciación personal que en ningún modo empaña el magnífico acabado de un buen montaje./
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