CRÍTICA DE TEATRO

«El padre»: viaje al fondo de la niebla

Héctor Alterio protagoniza la obra de Florian Zeller, bajo la dirección de José Carlos Plaza

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A Florian Zeller (París, 1979) le gustan los binomios escénicos: tiene una obra titulada «La verdad», pareja de otra titulada «La mentira», y también ha escrito «La madre», que podría ir del brazo de «El padre». Una farsa trágica, según el autor, sobre el universo en descomposición de los enfermos de alzhéimer visto a través de los ojos de un anciano que va zambulléndose en el corazón de esa niebla atroz en la que las referencias vitales, la identidad de las personas queridas y la propia se deslíen o se multiplican hasta perderse en un abismo de olvido sin retorno.

«El padre» (****) Autor: Florian Zeller. Dirección y adaptación: José Carlos Plaza. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Música: Mariano Díaz. Intérpretes: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes y María González. Teatro Bellas Artes. Madrid.

Como le sucede a Andrés, ese hombre acostumbrado a imponer su voluntad, el público cree tener ordenadas las piezas del tablero y de repente el orden se le desbarata. Un planteamiento original, muy efectivo y de gran fuerza teatral, que reproduce el cruel mecanismo de la enfermedad, el desconcierto en que se ve sumido quien no reconoce a ese extraño que se dirige a él con familiaridad abusiva ni puede refugiarse en la acogedora repetición de las rutinas porque alguien se empeña en robarle el reloj con el que se gobierna o en hacer que desaparezcan los muebles de su casa.

Con momentos cómicos que poco a poco desvelan su trasfondo trágico, Zeller dibuja tanto los perfiles inquietantes de esa nueva realidad que invade la vida de Andrés como la desgarradura que el avance del deterioro mental produce en quienes le rodean, a los que amarga la existencia con sus cambios de humor, sus chantajes emocionales y sus obsesiones. La hija se ve ahogada por el sufrimiento y el agobio, y el yerno se irrita por el letal efecto que la terquedad del anciano tiene sobre la convivencia.

José Carlos Plaza aborda la puesta en escena desde un realismo distorsionado capaz de reflejar esa cotidianidad vulnerada y su envés de pesadilla, aunque quizás se exceda en algún subrayado musical angustioso que roza lo horrísono. Excelentes la escenografia en transformación y la expresiva iluminación de Francisco Leal. Y punto y aparte para la colosal interpretación de Héctor Alterio, emocionante siempre, que construye un Andrés tierno y áspero, dolorosamente creíble; un leve cambio de entonación, la ráfaga de un gesto, la mirada perdida que se incendia en un tris transmiten de manera admirable el drama del personaje, acongojante en el regreso final al territorio amable de la infancia. Le acompañan una Ana Labordeta memorable como esa hija en la que caben toda la comprensión y todo el dolor, y un reparto que completan, estupendamente entonados, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes y María González.