Una escena de «La verbena de La Paloma»
Una escena de «La verbena de La Paloma» - Javier del Real

Otra cosa

Actualizado:«La verbena de La Paloma»Teatro de la Zarzuela, Madrid

«La verbena de La Paloma» que se ha presentado en el Teatro de la Zarzuela dentro de su Proyecto Zarza no es «La verbena de La Paloma». Es otra cosa. Es un extraordinario espectáculo, sí, que incluye toda la música que compuso Tomás Bretón para la historia escrita por Ricardo de la Vega, pero del trabajo de éste solo quedan los cantables.

«La verbena de La Paloma» estrenada el 17 de febrero de 1894, hace ahora 125 años, cuenta la historia de los amores regañados de Julián, un cajista de imprenta (oficio hoy desaparecido) y Susana, su novia, una planchadora (otro oficio inexistente en nuestros días); ésta se deja querer por un anciano boticario, lo que despierta los celos de él, que estallan durante las fiestas madrileñas de La Paloma.

«La verbena de La Paloma» repuesta ahora en la Zarzuela, con adaptación y dirección escénica de Pablo Messiez, cuenta una historia de nuestros días, situada en un caluroso 14 de agosto en un nuevo centro cultural en Madrid. Allí, entre otras caóticas actividades, se va a representar la zarzuela «La verbena de La Paloma». Ésta es el punto de partida de la historia.

Messiez da en su puesta en escena un triple salto mortal que ejecuta con limpieza y perfección. En torno a tres conceptos -calor, amor y música- trenza una historia en la que funde con admirable habilidad la representación de la zarzuela en un entorno absolutamente ajena de manera que los números musicales -intocables- vayan surgiendo con naturalidad.

«La verbena de La Paloma» (la original) es un sainete, que el diccionario de la RAE define como «obra teatral en uno o más actos, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares». Y eso, un sainete del siglo XXI, es lo que ha hecho Pablo Messiez. Pero, marca de la casa, lo llena de poesía y pensamiento. Sus reflexiones sobre el papel de la música en nuestras vidas, y cómo es ésta la que consigue que obras como la zarzuela de Bretón siga viva ciento veinticinco años después, son vertidas con sutileza y aliento poético.

El Proyecto Zarza, dentro del cual se enmarca esta producción, pretende arrancar de las mentes del público joven (y, ¿por qué no?, del menos joven) los muchos prejuicios e ideas preconcebidas existentes en torno a un género lastrado por una larga tradición de malas interpretaciones y puestas en escena polvorientas -tampoco los mediocres libretos de muchos títulos ayudaban en este sentido-.

Y, por la reacción del público, el invento funciona. Los espectadores -la mayoría- vibran con esta revisión que devuelve a la vida melodías que forman parte del ADN de los españoles, jóvenes o ancianos (la escena más emotiva es la de una chica que cuenta que su abuela Mari Pepa, que ya no recuerda ni conoce a nadie, solo recupera la atención y la memoria cuando escucha las notas de «La revoltosa»: «Mari Pepa de mi vida»). Y Messiez subraya eso, el papel aglutinador de la música y su facultad de permanencia.

Lo hace con humor, con una historia tan ingeniosa y llena de detalles como divertida, hilada con mimo y todo el respeto posible a la partitura. El resultado es una puesta en escena fresca, joven -el Proyecto Zarza es zarzuela hecha por y para jóvenes-, imaginativa y colorista. ¿Que hay otras opciones para «modernizar» un género prácticamente muerto desde el punto de vista creativo siendo más fiel al libreto original? Por supuesto. Pero la elección y la propuesta de Messiez son, por resultados artísticos y aceptación del público, plenamente acertadas.

Óliver Díaz, director musical de la Zarzuela, es también el responsable musical de estas funciones. Ha adaptado la partitura a un octeto más piano -2 violines, viola, violonchelo, contrabajo, flauta, percusión, acordeón y piano- y el resultado es plenamente satisfactorio; las notas de Bretón no pierden color ni carácter, y los ocho músicos brillan como si fueran el doble. Pero no existe el mismo resultado en el capítulo vocal; acostumbrados a escuchar estos compases a voces líricas -aunque obras como ésta admitan otro tipo de canto-, hay desigualdades vocales que deslucen un tanto la interpretación general. Creo que debería vigilarse este aspecto para las futuras ediciones de este Proyecto.

Y en este capítulo, el interpretativo, hay que subrayar el entusiasmo y el compromiso de todos los actores-cantantes-bailarines, con mención especial para Eheria Chan, Laura Enrech, Lara Chaves, Mitxel Santamarina y David Pérez.

La zarzuela necesita de montajes así para que el público joven la sienta suya como la sintieron en su época sus abuelos y bisabuelos.