Las actrices Sara Gómez (izquierda) y Esther Vega (derecha), y el director Mario Hernández
Las actrices Sara Gómez (izquierda) y Esther Vega (derecha), y el director Mario Hernández - ERNESTO AGUDO

Las mujeres de la Generación Beat saltan a escena

Una obra de teatro recupera a las poetas olvidadas del movimiento que lideraron Ginsberg, Kerouac y Burroughs

MadridActualizado:

Cuando, en 1994, le preguntaron a Gregory Corso por las poetas de su Generación, la Beat, adalides todos, siempre ellos, de la libertad, respondió: «Hubo mujeres. Estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se las sometía a tratamiento por electrochoque. En los años 50, si eras un hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día, alguien escribirá sobre ellas». Y, aunque tuvieron que pasar demasiados años, las palabras de Corso se terminaron cumpliendo.

En España, la editorial Bartleby publicó, en 2015, la antología poética «Beat Attitude», donde diez de estas mujeres tomaban la palabra, casi por primera vez. Así fue como el dramaturgo Mario Hernández descubrió a Denise Levertov, Lenore Kandel, Diane di Prima, Hettie Jones, Joanne Kyger, Ruth Weiss, Anne Waldman, Elise Cowen o Joyce Johnson. Estas dos últimas son, de hecho, las protagonistas de «Beat G.», obra que podrá verse en la Cafetería Naves del Matadero, en Madrid, entre el 30 de noviembre y el 2 de diciembre y que supone la culminación del proyecto que Hernández empezó a idear hace tres años.

«Yo creía conocer bastante bien a la Generación Beat y, de repente, me di cuenta de que sabía sólo la mitad de la historia». No es que el dramaturgo no quisiera prestar atención, es que, realmente, no había material. «De toda historia que ha llegado a nuestros días, sólo tenemos la mitad: la visión de las mujeres no está. En cualquier movimiento literario, social o político nos ha llegado la historia contada por los hombres. Nos ha llegado todo sesgado, y eso me hizo ver que esta historia se tenía que contar». Para hacerlo, Hernández ha confiado en Sara Gómez (Joyce Johnson) y Esther Vega (Elise Cowen), encargadas de convertir la cafetería del Matadero en un garito de los que poblaban el Nueva York de los años 50, lleno de jazz, humo y poesía.

No es casualidad que, tras años dando vueltas, en la cabeza de su creador y en diferentes entidades, la obra se haya hecho realidad en este momento. «Es una responsabilidad. En 2015 no había esa conciencia, el movimiento feminista no tenía el apoyo que tiene ahora», asegura el director, que no duda en destacar el papel, cada vez mayor, de las dramaturgas en España: «Eso hace dos o tres años era impensable».

Derechos

En un momento de la obra, Sara Gómez dice, a través de Joyce Johnson: «Nos sumamos a la revolución de los hombres, pero no contábamos con que tendríamos que hacer una revolución por nosotras mismas». Y, efectivamente, así fue. Una vez que Kerouac, Ginsberg, Burroughs y compañía alcanzaron la fama, se vendieron, de algún modo, a ese «mainstream» del que empezaron renegando, con lo que ellas quedaron como guardianas de las esencias de la contracultura.

«Tenían los mismos intereses, las mismas inquietudes y la misma fuerza y ganas de cambiar el mundo, pero no tenían los mismos derechos. Ellas tenían que saltar una doble valla, que todavía estamos saltando», asegura Gómez. «Ellas tenían necesidad de buscar la libertad, porque a ellos se les podía juzgar o no, pero podían hacer lo que quisieran, ellas no. Ese es el pasito que les diferencia: ellas tenían la necesidad de salir de esa sociedad que las tenía aprisionadas», añade Esther Vega.

La poeta Anne Waldman, más joven que las pioneras, decía que no se podía culpar a los hombres de su generación por haber echado tierra encima de ellas, y tenía razón. «Por supuesto que los Beats eran machistas, pero no eran conscientes de serlo, eran un producto de su sociedad, como yo. Lo que las distingue es la liberación sexual de sus poemas respecto a su propio cuerpo. Si hoy estuvieran aquí, serían de las que estarían poniendo todo el rato fotos de pezones en Instagram», remata el dramaturgo.