Nati Mistral, en una imagen de juventud
Nati Mistral, en una imagen de juventud

Muere Nati Mistral, un huracán castizo

Premio Nacional de Teatro en 1997, falleció este domingo en Madrid a los 88 años

MADRIDActualizado:

Cuentan que un día Nati Mistral llegó tarde al ensayo de una obra de teatro. El director le pidió a una de las actrices que hiciera su parte mientras llegaba. Cuando Nati entró en el teatro se deshizo de su abrigo, dejó a su perro en el suelo y, tras quitarse las gafas de sol, empujó levemente a su compañera mientras le decía: «¡Aparta, figuranta!»

Esta anécdota –«se non è vero, è ben trovato»– revela la inconfundible personalidad de Nati Mistral, que murió ayer en Madrid, la ciudad en la que había nacido hace 88 años. «Desde hace una semana estaba ya muy malita», dice uno de sus allegados. Hace unos meses, Nati Mistral sufrió un infarto cerebral. Deja detrás una actividad de más de siete décadas sobre el escenario, con una fecunda carrera como cantante y como actriz marcada por su estilo único y peculiar, asentado sobre su penetrante voz, y su temperamento. Era un huracán castizo que ha sido velada en el Tanatorio de San Isidro y será incinerada este lunes en San Lorenzo de El Escorial.

Su verdadero nombre era Natividad Macho Álvarez, aunque eligió el apellido Mistral para su nombre artístico por la admiración que su madre sentía por la poetisa chilena Gabriela Mistral. Nació el 13 de diciembre de 1928 en el barrio de La Paloma en Madrid, y estudió en un colegio alemán de la calle de Calatrava. Solo tenía 12 años cuando, sin autorización paterna, se presentó a un concurso en Radio Madrid; ganó cantando el fado «Ropa blanca». A pesar de las reticencias familiares, siguió sus estudios en el Conservatorio, y con 15 años recién cumplidos entró como meritoria en el Teatro Español, donde haría papeles cortos, a veces de figuranta, cobrando dos pesetas diarias.

Pasó por la compañía de Enrique Rambal y a los 17 años interpretó su primera película: «Currito de la Cruz». En ella conoció, según recordaba años más tarde, a Tony Leblanc, su primer amor, y con el que haría planes de boda. Pero, le dijo a Beatriz Cortázar en una entrevista el pasado año, «nunca pasó nada serio entre nosotros; solo nos dimos besos. Nos distanciamos por una tontería». A «Currito de la Cruz» seguirían otras películas como «Oro y marfil» y «María Fernanda la jerezana». «Películas –escribió Harpo en ABC– en la línea folclórica de aquel entonces, sin demasiada calidad, que no le ofrecieron ocasión para mostrar su temperamento. Nati era entonces un prototipo juvenil de mujer española –cabello ala de cuervo, ojos negrísimos– que cantaba –que cantaba muy bien, sin afectación, sin mimetismo hacia otras artistas ya consagradas–, que lucía su belleza y nada más». Se incorporó más tarde a Los vieneses de Artur Kaps y Franz Joham, con quienes realizó una gira europea y donde se consolidó como la magnífica intérprete de la canción española que ha sido siempre.

«Divinas palabras»

En 1957, Luis Escobar creó para ella el espectáculo «Te espero en Eslava», todo un fenómeno en aquella época, y al que siguió «Ven y ven al Eslava». Dos años más tarde, el 11 de abril de 1959, Nati Mistral se casó en la Abadía de Montserrat con el empresario catalán Joaquín Vila, e interrumpió durante un par de años su actividad artística. Rompió su silencio únicamente para participar en algún festival benéfico. En uno de ellos, el director granadino José Tamayo la escuchó recitar un poema lorquiano, «Los mozos de Monleón» –recitar fue una de sus grandes especialidades, y Lorca una pasión especial para la actriz–, y la contrató para interpretar a Mari-Gaila en el estreno de «Divinas palabras», de Valle-Inclán.

«Pasé al drama con mucho miedo –confesaba a ABC–. Por lo fuerte del tipo que se me encomendaba; por toda la obra. Pero Tamayo me dirigió con extraordinario interés y mis compañeros –Milagros Leal, Manuel Dicenta– me ayudaron mucho también para la composición del personaje».

Aquel papel –que repetiría en 1986, veinticinco años después del primer montaje– supuso la definitiva consagración como actriz de Nati Mistral. En los años siguientes, destacó en comedias musicales como «La Perrichola», «La bella de Texas» y «El hombre de La Mancha», que interpretó también en Argentina y México. Estos dos países fueron para Nati Mistral su segunda casa; en Buenos Aires llegó a regentar, junto a Alberto Closas, el teatro Avenida.

No se bajó de los escenarios, viajando de la comedia al drama, del musical a la zarzuela, y combinándolo con sus conciertos en los que cantaba y recitaba poemas. «Medea», «Fortunata y Jacinta», «Anillos para una dama»; «Isabel reina de corazones», «La Chunga»; «Los padres terribles»; «Café cantante», «La malquerida»; «La Celestina», «La Dorotea», «Inés desabrochada», «La duda» o «Tras las huellas de Bette Davis» son algunos de los títulos que protagonizó en escena, tanto en España como en Iberoamérica. A ello sumó numerosos discos y programas televisivos como cantante.

Y en el recuerdo queda, también, su carácter lenguaraz y la abierta expresión de sus ideas políticas –«no soy de derechas, soy de derechísimas»–, que le causaron no pocos problemas.