La misteriosa muerte cinematográfica de Hitler

ROSA SALA ROSE
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«Es ist passiert», («Ha sucedido»): con estas imprecisas palabras anuncia Heinz Linge la muerte de su jefe Adolf Hitler. Este suceso, clímax incuestionable de la película de Oliver Hirschbiegel «El hundimiento», permanece sin embargo envuelto en la incertidumbre. En una película que no escatima precisamente en muertos, tal como no podía ser de otro modo dada la apoteosis de violencia que acompañó la caída del Tercer Reich, no deja de ser curioso que Hitler muera tras una puerta cerrada y su cadáver sea el único que se le muestre al espectador piadosamente cubierto por una manta.

Como observó escandalizado el cineasta Wim Wenders en el semanario Die Zeit, «del mismo modo que Hitler se da la vuelta cuando muere su perra Blondie, la película se aparta en el momento en que muere el Führer. ¿Por qué no mostrar que ese cerdo, por fin, ha muerto? ¿Qué clase de proceso de represión se desarrolla ahí ante nuestros ojos?»

Todavía sin aclarar

Algunos detalles específicos de la muerte de Hitler, ciertamente, todavía están por aclarar: ¿Se suicidó pegándose un tiro en la sien -esta sería la versión más «heroica»-o se envenenó primero con ácido prúsico y se disparó después? ¿O sólo tuvo valor para tomar veneno, haciéndose disparar después por una tercera persona? No obstante, estas dudas no bastan para justificar que la película ni siquiera muestre el cuerpo difunto del dictador, por lo demás descrito con soberbia precisión en el ensayo histórico de Joachim Fest «El hundimiento» (Galaxia / Círculo, 2003) sobre el que se basó el filme: «Hitler estaba sentado en el sofá de tela floreada, con los ojos abiertos, el cuerpo desplomado y la cabeza algo inclinada hacia delante. La sien izquierda estaba perforada por un orificio del tamaño de una moneda por el que había salido un hilo de sangre...» La consternación de Wenders resulta tanto más comprensible si se tiene en cuenta que el principal argumento de comercialización de la película fue precisamente que en ella se encarnaba por fin a un Hitler humano, con todas sus flaquezas, y no a un monstruo o a una criatura mítica. Así pues, la muerte desmitificadora de ese infausto ser humano que era Hitler, la visión de los despojos de este hombre ya enfermo, era algo que la película nos debía y que acaso habríamos intercambiado de buen grado por la visión de tantos cuerpos de civiles amputados, ensangrentados o carbonizados por las bombas con los que nos atormenta justificadamente esta cinta.

La ironía de este cadáver ausente aumenta si se tiene en cuenta que las primeras investigaciones realizadas en 1945 sobre los últimos días de Hitler en el búnker, valiosos testimonios de primera mano sin cuyo registro esta película no se habría podido realizar, se efectuaron precisamente con el único fin de probar la muerte del Führer. En efecto, en noviembre de 1945 un joven miembro del servicio de inteligencia militar británico, Hugh Trevor-Roper, recibió un encargo que determinaría su carrera de historiador: viajar a Alemania y documentar todos los detalles relativos a la muerte del dictador. Se trataba sobre todo de desmentir la posición de Stalin, según la cual Hitler seguía vivo y bajo la protección de Occidente.

Por aquel entonces, las especulaciones sobre las circunstancias de la desaparición de Hitler eran numerosas y dispares: los más fieles le suponían una muerte heroica en defensa de Berlín, mientras otros alegaban haber visto cómo lo asesinaba un grupo de oficiales en el Tiergarten. Quienes lo suponían con vida, lo imaginaban en una brumosa isla del Báltico, en una fortaleza renana, en una hacienda de Suramérica o protegido personalmente por Franco en un monasterio español. Estas especulaciones no eran nada convenientes para los países occidentales en el nuevo contexto de la Guerra Fría, en el que interesaba dar carpetazo al nazismo cuanto antes. Pero para eso, obviamente, había que demostrar sin género de dudas que su principal impulsor era un fiambre. En 1947 el resultado de las pesquisas de Trevor-Roper salió a la luz en forma de un fascinante clásico de la historiografía, «Los últimos días de Hitler» (Alba, 2000), que el autor amplió y corrigió a cada nueva edición -la última de 1995-, recogiendo los numerosos datos nuevos que han ido saliendo a la luz gracias sobre todo a la apertura de los archivos soviéticos.

Quizá la misteriosa ausencia del cadáver de Hitler en la película «El hundimiento» no haga sino poner de manifiesto una obviedad. En estos tiempos mediáticos en los que todo parece ficticio y virtual vivimos extrañamente obsesionados por la autenticidad y esta película, con su extraordinaria ambientación, nos ofrece la ilusión de ser testigos imparciales de unos hechos históricos. Sin embargo, aunque lo pretenda, una película no es ciencia, sino una película, y su éxito finalmente depende de los recursos propios de la dramaturgia clásica: identificación con determinados personajes, emoción, suspense y momentos de clímax dramáticamente velados por el misterio, como la escena de la muerte de Hitler. Aceptar estas circunstancias no resta ni un ápice de valor a este extraordinario documento cinematográfico sobre el angosto búnker subterráneo que acogió las últimas convulsiones de la agonía europea.