Blanca Portillo durante uno de los ensayos de Medea / ABC
Blanca Portillo durante uno de los ensayos de Medea / ABC

Medea se llama Blanca

JULIO BRAVO | MADRID
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Blanca Portillo y Tomaz Pandur se miran con arrobo, incapaces de disimular -tampoco lo pretenden- el cariño y la admiración que sienten el uno por el otro. «Medea» -que hoy ve la luz en el festival de Mérida- es la tercera colaboración entre el director esloveno y la actriz madrileña. La complicidad se asoma constante a la conversación, salpicada una y otra vez por las risas; casi da rubor interrumpirles. Ella termina las frases que él comienza o remata sus reflexiones. Son dos gargantas distintas para una misma voz. «Me enamoré de Blanca -explica Pandur- antes incluso de conocerla, hace tres años, y desde nuestro primer encuentro ella sido una inspiración para mí. Los dos nos encontramos en el mismo barco...» «De todos modos -toma ahora la palabra Blanca-, Con «Medea» ha habido una extraña casualidad, una extraña «conjunción de estrellas», porque es un título del que Tomaz me habló desde un principio; hablamos sobre el enfoque que él quería dar a la función y sobre el personaje. Y de repente Paco Suárez, director del festival de Mérida, me llama porque quiere que haga «Medea» allí. Cuando le dije que quería hacerlo con Tomaz, Paco accedió feliz. Es de esas veces en que deseas algo y la vida te coloca la oportunidad delante; no tuvimos que plantearnos cuándo la haríamos, alguien nos lo propuso y nos lo puso en bandeja».

Es la tercera vez que Blanca Portillo pisará las piedras de Mérida. Fue parte del coro en una «Hécuba» protagonizada por Margarita Lozano y luego trabajó con Eusebio Lázaro en «Las Troyanas» -fue la última vez, recuerda, que Berta Riaza se subió al escenario de Mérida-. «Ascendí -ríe-; hacía de corifeo». A propósito del singular escenario del teatro romano, La actriz asegura que «los espacios siempre tienen un poder, sea el que sea. Mérida es un lugar cargado con una energía tan especial, y si uno se acerca con el respeto suficiente, con inteligencia y sensibilidad a todo lo que te puede dar, es un espacio cien por cien a favor. Da miedo, impone mucho, pero si te acercas a él con el suficiente respeto es tremendamente generoso».

Sigue Pandur: «Desde el principio el escenario fue un actor más -«sí, sí, lo es», musita Blanca-, y la escenografía se ha planteado teniendo en cuenta su imagen para no ejercer ninguna agresión sobre el espacio. Hemos utilizado materiales orgánicos creando una especie de nido de pájaro para esta frágil historia de amor; algo para proteger las heridas». «Todo gira en esta función -sigue el director esloveno- alrededor de un eje cósmico, un axis mundi que es Medea, figura central de este universo, y todo lo demás es la narración horizontal de la tragedia griega».

En «Medea», explica ahora la actriz, «hay una historia de amor que se está quebrando. Está basado en algo inmenso, en un sueño. Pero no una quimera, sino en la lucha por cumplir un sueño; y eso es delicado, porque requiere una energía, una fuerza y una continuidad importantes, y cuando eso se rompe la historia de amor se viene abajo». Medea, sin embargo, no es una mujer frágil. «No -asiente Blanca-, pero la fragilidad forma parte de la fortaleza femenina -«sí, sí»... Es ahora Pandur quien subraya en susurro las afirmaciones de la actriz-, y eso está presente en este montaje. Uno de los enfoques de este trabajo es lo femenino contra lo masculino. La fragilidad forma parte del carácter femenino, pero no es un signo de debilidad, sino de fortaleza. Sí tiene fragilidad... Pero lo que tiene es un inmenso poder de vida».

Un ser humano

«Medea» -vuelve a intervenir Pandur- «tiene como personaje todo lo que posee un ser humano; no queríamos ser víctimas de los estereotipos sobre la tragedia griega, sobre los grandes héroes; queríamos encontrar a esta mujer en un entorno actual». La Medea de Pandur y Portillo es «una mujer exiliada, una refugiada. Su alma ha vagado durante los últimos tres mil años, ha podido llegar a Mérida directamente desde Sarajevo, desde Beirut... Los lugares ya no importan, lo que importa es el tiempo. Por un lado, ella es una guerrera nata, una mujer que ha experimentado los mayores traumas del mundo, que ha sobrevivido a dos guerras, pero al tiempo es una pura superviviente, en el mayor sentido de esta palabra. Yo, personalmente, he conocido a muchas personas que son supervivientes como ella. Y son experiencias que enriquecen. Curiosamente, nadie que haya vivido estas situaciones puede hablar de ellas. Y este silencio, estos silencios, son una gran inspiración para esta función».

«Y es curioso -apostilla Blanca- que sea una mujer; en todas las catástrofes, en todos los exilios, las mujeres representan algo especial. Los hombres parten a la guerra a matarse unos a otros mientras que la mujer sostiene de alguna manera la existencia, la permanencia en el mundo -mientras habla, Pandur repite: «Sí, sí...»-. Impresiona ver las imágenes hoy de mujeres arrastrando niños que viajan buscando un lugar donde asentarse el mayor tiempo posible. No es en vano que sea una mujer exiliada de su propia tierra y que seguirá buscando un lugar sabiendo que nunca lo encontrará, porque su lugar lo dejó detrás».