Marian Anderson, la cantante que abrió a los negros la puerta de sus derechos civiles

La legendaria contralto norteamericana ofreció el 9 de abril de 1939, hace ochenta años, un histórico concierto en el Lincoln Memorial de Washington

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En los primeros meses de 1939, Marian Anderson (Filadelfia, 1897) debía de cantar en el Constitution Hall de Washington. Sol Hurok, uno de los más importantes e influyentes empresarios del mundo del espectáculo en Estados Unidos, quería organizar allí un concierto de la contralto en su país después de varios años en Europa. Allí, el legendario director de orquesta Arturo Toscanini había dicho de ella. «Voces así solo se escuchan una vez cada siglo»

Marian Anderson, sin embargo, no pudo cantar en este auditorio. La excusa de sus responsables fue que no había fechas libres, pero fue la presión de las Hijas de la Revolución Americana (DAR) la que obligó a aplicar una cláusula de los estatutos del Constitution Hall que solo permitia cantar allí a artistas blancos.

Eran los tiempos en que los negros eran considerados en Estados Unidos ciudadanos de segunda y tenían restringidos muchos derechos: la segregación racial era un hecho en las escuelas, oficinas y lugares públicos.

La negativa del Constitution Hall causó un gran escándalo, avivado por la primera dama, Eleanor Roosevelt, miembro del DAR, a cuyos responsables envió una carta de renuncia por no permitir cantar allí a «una gran artista» Y no solo eso, sino que junto al secretario de Interior, Harold LeClair Ickes, inició las gestiones para organizar un concierto de Marian Anderson en el Lincoln Memorial de Washington.

Marian Anderson, ante el Lincoln Memorial
Marian Anderson, ante el Lincoln Memorial - ABC

El 9 de abril de 1939, y ante 75.000 personas que abarrotaban los alrededores del monumento (además de millones de oyentes radiofónicos), Marian Anderson ofreció un concierto de media hora. Ickes la presentó: «El genio no lo marca el color». La contralto Anderson cantó la canción «My country, ‘Tis of Thee», , un aria de «La Favorita», de Donizetti; el «Ave María» de Schubert; y tres espirituales negros: «Gospel Train», «Trampin» y «My soul is Anchored in the Lord».

No fue un concierto cualquiera. «La intolerancia ha recibido uno de los golpes más duros en años», escribió el periódico Chicago Defender. La revista Newsweek dijo que aquel día Marian Anderson se convirtió en una figura internacional de la lucha contra la segregación racial y a favor de la igualdad no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

A pesar de la notoriedad adquirida por la contralto, Marian Anderson tendría que esperar aún más de quince años para alcanzar otro hito histórico: convertirse en la primera intérprete negra en cantar en el escenario del Metropolitan Opera House, el más importante teatro de ópera de Estados Unidos.

Marian Anderson saluda tras el estreno de «Un ballo in maschera», entre Zinka Milanov y Leonard Warren
Marian Anderson saluda tras el estreno de «Un ballo in maschera», entre Zinka Milanov y Leonard Warren

Fue el 7 de enero de 1955; Marian Anderson cantó el papel de Ulrica en «Un ballo in maschera», de Giuseppe Verdi, con Zinka Milanov (Amelia), Richard Tucker (Riccardo), Leonard Warren (Renato) y Roberta Peters (Oscar), bajo la dirección de Dimitri Mitropoulos. Según las crónicas de la época, la cantante recibió una impresionante ovación del público al aparecer en escena, y la emoción le llevó a cantar con vacilación en los primeros compases. Después se fue templando y completó una soberbia actuación.

Pero ¿quién era Marian Anderson? Había nacido el 27 de febrero de 1897 en Filadelfia, en el Estado de Pensilvania. Con seis años se unió al coro de la iglesia baptista a la que acudían sus padres; allí destacó pronto su voz y se la conocía como «la contralto bebé». A los trece años pasó al coro adulto y empezó a actuar en otras iglesias y escenarios.

Con quince años empezó a tomar clases de canto con la soprano negra Mary Saunders Patterson y después con la contralto Agnes Reifsnyder. Cuando la presentaron ante Giuseppe Boghetti, un reputado profesor italiano, y Marian Anderson cantó «Deep River», aquél se echó a llorar de emoción.

Comenzó entonces una carrera que le llevó por distintos auditorios. El 30 de diciembre de 1928 se presentó en el Carnegie Hall neoyorquino para dar un recital; el crítico del New York Times dijo de ella: «Una verdadera mezzo-soprano, abarcó ambos rangos con plena potencia, sentimiento expresivo, contraste dinámico y máxima delicadeza».

Una beca le permitió llevar a cabo una gira por Europa: Londres, Berlín, Estocolmo, Copenhague... Y Madrid. El 29 de abril de 1936 ofreció un recital en el Teatro de la Comedia, dentro de la temporada de la Asociación de Cultura Musical; entre el público se encontraba Federico García Lorca, que acudió junto al diplomático chileno Carlos Morla Lynch, que escribió la impresión del poeta granadino: «Había quedado embelesado con su arte».

Tras su sonoro concierto en el Lincoln Memorial, Marian Anderson se convirtió en una estrella, además de en un símbolo de igualdad. Unió su carrera musical a su labor humanitaria; realizó giras como embajadora de buena voluntad y delegada de Naciones Unidas, cantó para los soldados durante la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

A pesar de su peso simbólico, nunca quiso ser una bandera de los derechos civiles de los negros. Rechazó la primera línea y, aunque en Europa se alojaba siempre en los mejores hoteles y visitaba los mejores restaurantes, en Estados Unidos iba a alojamientos de tercera o cuarta clase o, en el Sur, a casas de amigos, para no ser origen de conflictos. Comía a menudo en su habitación y viajaba en trenes nocturnos para no llamar la atención. «Si me decidiera a ser combativa, supongo que podría insistir en hacer de estas cuestiones un problema. Pero esa no es mi naturaleza, y siempre tengo en cuenta que mi misión es dejar detrás de mi una huella que haga el camino más fácil a quienes me sigan»

El 8 de abril de 1993, a los 96 años de edad, murió en Portland. Semanas después, unos dos mil admiradores le rindieron homenaje en un funeral celebrado en el Carnegie Hall. Despedían así a una cantante única, a la que escucharon seis millones de personas en más de 1.500 auditorios a lo largo de su vida.