María Galiana, Clara Sanchis, Julia Piera y José Luis García Pérez
María Galiana, Clara Sanchis, Julia Piera y José Luis García Pérez - MarcosGpunto
CRÍTICA DE TEATRO

«El mago», Mayorga y sus puntos de fuga

El dramaturgo madrileño dirige su propio texto en el teatro Valle-Inclán

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En «El Mago», Juan Mayorga construye un juego ficcional. Como Cervantes, como Calderón, como Unamuno o como Pirandello, Mayorga se pregunta en esta obra qué es la realidad y qué somos nosotros respecto a ella, a qué conjunto de ficciones le llamamos yo y hasta qué punto hay alguien que nos inventa y nos maneja.

Una mujer llamada Nadia participa en un número de hipnotismo. Pero los efectos de la hipnosis se mantienen en ella una vez concluido el espectáculo. Esto hace que cuando se presenta en su apartamento ya es otra: el trasunto de la Nadia real que increíblemente todavía se mantiene en el escenario del teatro con los ojos cerrados. Lo que parecía ser un mero entretenimiento ha desembocado en tragedia: el mito y la tragedia del doble, el combate contra los límites del yo y aquellas fuerzas que lo someten o lo manipulan.

Con todos los artificios de la imaginación, Mayorga crea una metáfora sobre la identidad, sobre los espejismos de la identidad. El Mago, personaje in ausentia, no es solo un mago de circo, sino el remedo de un dios que dirige y crea la mente de todos. Víctor no se reduce a ser el marido de Nadia, sino que simboliza la lucha contra los designios de ese dios, contra su arbitrariedad y contra sus caprichos.

El escenario representa la sala de estar de una familia corriente, con cierta modernidad Ikea. Y sin embargo, ese espacio está lleno de puntos de fuga. Las puertas, el balcón, y ese espejo en el que, como ocurre en «Las Meninas» de Velázquez, los espectadores se reflejan y pasan a ser un elemento más de la ficción.

Juan Mayorga crea con todo esto una comedia de enredo, satírica e irónica respecto a toda esta tradición y donde, naturalmente, no falta ni la intriga ni el humor. A veces se decanta por crear situaciones disparatadas, incluso ridículas, como ocurre con la caracterización demasiado mecánica de Nadia. Otras da paso a un humor que cuando cae en manos de María Galiana (en el papel de Aranza) es de la mejor ley, natural y comedido. Y otras en fin, entre bufonesca e irreal, cuando aparece Tomás Pozzi, casi inspirado en un poema de Laforgue.

Juan Mayorga es un maestro incluso en obras aparentemente simples y engañosamente realistas, porque cualquier principio de realidad en sus manos vuelve a ser un punto de fuga, una subversión un camino hacia las sombras, siempre bajo una dimensión filosófica marca de la casa. Más allá de cierta confusión argumental, esto es destacable aquí, en este cuento negro, bufo y divertido que hay que entender lejos de su propia apariencia, como un símbolo social y político de los simulacros en los que hoy vivimos.