Juan Codina, Chema Adeva y Jorge Kent, en una escena de «Luces de bohemia»
Juan Codina, Chema Adeva y Jorge Kent, en una escena de «Luces de bohemia» - marcosGpunto
CRÍTICA DE TEATRO

«Luces de bohemia»: juego de espejos

El Centro Dramático Nacional presenta en el María Guerrero la obra de Valle-Inclán, con dirección de Alfredo Sanzol

Diego Doncel
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Siempre es una buena noticia asistir a una nueva puesta en escena de «Luces de Bohemia», y más si , como en esta ocasión, viene realizada por el talento de Alfredo Sanzol y un equipo artístico de primer nivel.

«Luces de Bohemia» es la representación de una España de guardilla, miseria y humor negro. Una España de los márgenes existenciales trágicos, del pueblo doliente y del triunfo de los pícaros, los funcionarios y los políticos. Es también la obra de la identidad y la realidad que se distorsiona y se fragmenta. Para expresar todo esto, Alejandro Andújar ha optado muy oportunamente por establecer un singular juego de espejos, de cuerpos, rostros y realidades que se reflejan en los quince actos de su propia tragedia. Caja negra en bruto, por tanto, donde solo los espejos son capaces de contener la vida de estos fantoches, la vida encanallada y prostituida de un país, y la forma de una nueva representación teatral. Los momentos en que Max Estrella y don Latino deambulan por ese Madrid de cristal y paredes reflejantes, o cuando dialogan en la tienducha del Buey Apis son bellísimos.

Valle-Inclán ideó un texto que es una guillotina puesta en la Puerta del Sol del escenario. Poner esa maquinaria en marcha significó para él ver rodar cabezas: la del teatro complaciente, por ejemplo. Por eso su obra es una descarga eléctrica, empezando por el lenguaje en que está escrita. En esta puesta en escena, sentimos esa descarga emocional de forma notable, pero hubiéramos querido más. Con Luces... siempre queremos sentirnos más atravesados por su tragedia, por su abismo y por su perturbación. Juan Codina interpretando a Max Estrella, y Chema Adeva a don Latino de Híspalis ponen, claro está, toda su sabiduría.

Valle-Inclán supo ver la irrealidad en la realidad, la extravagancia de la vida corriente. Jugó, ya desde el título, con esas luces que potencian los contornos y las psicologías. Por eso el trabajo de iluminación de Pedro Yagüe aquí no es solo destacable sino que se convierte en un significado más, sobre todo en esas tonalidades frías.

Alfredo Sanzol ha hecho algo sumamente positivo: dejar que el latido de la obra llegue claro, y que quede menguada lo menos posible su grandeza, su genialidad. Valle-Inclán es perverso, no se deja reducir, es intenso, le gusta estar siempre por encima. Montar «Luces de Bohemia» siempre tiene un problema: que cada espectador posee una idea de cómo hacerlo. Porque «Luces…» forma parte de nuestro imaginario y Valle la dotó de una guillotina inclemente.