Una escena de «Lehman Trilogy»
Una escena de «Lehman Trilogy» - ABC
CRÍTICA DE TEATRO

«Lehman Trilogy», un espectáculo deslumbrante

Sergio Peris-Mencheta dirige en los teatros del Canal esta función escrita por el italiano Stefano Massini

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Este es el vuelo de Ícaro de la familia Lehman, de un sistema y de una cultura económica que, en su ascensión, se sintió absolutamente fascinada por su propio poder y que el sol de Wall Street precipitaría al mar de la bancarrota un septiembre negro de 2008. Patrick Deville dijo que el mundo contemporáneo, como las provincias griegas y latinas de la Antigüedad, estaba lleno de hombres que soñaron ser más grandes que sí mismos y fracasaron. Al escribir «Lehman Trilogy», Stefano Massini convirtió a toda la saga familiar de los Lehman en héroes que proclamaban esa misma ambición. La obra ha conocido el éxito del exigente público del Théâtre du Ronde-Point (París, 2012) dirigida por Arnaud Meunier, y, de la mano de Luca Ronconi, en el Piccolo Teatro de Milán (2015).

Con estos antecedentes, y con la versión que desde julio ha montado Sam Mendes en Londres, Sergio Peris-Mencheta ofrece este relato épico donde la música adquiere un protagonismo especial. Una enorme partitura donde lo judío convive con el rhythm and blues, el twist, el ragtime, Bob Dylan o Los Beatles. «Lehman Trilogy» es una balada de tres horas de duración por un mundo que se descompone. O si se quiere, una obra donde los Lehman nos ofrecen su último producto: su propia vida. Sobre un escenario convertido en carrusel o en carpa de circo, espléndidamente ideado por Curt Allen Wilmer, Peris-Mencheta monta el espectáculo de estas vidas en una plataforma móvil que recuerda el filo de una moneda, el filo del dinero. Siguiendo esta idea de espectáculo de feria, el humor aquí ha canibalizado la tragedia y la ligereza ha sustituido la profundidad. Todo basado en el enorme talento interpretativo, complejo y mutante de Litus Ruiz, Pepe Llorente, Víctor Clavijo, Aitor Beltrán, Darío Paso y, sobre todo, Leo Rivera. Ellos dan vida a 120 personajes, masculinos y femeninos, que cantan, bailan y actúan como si fueran ese grupo de feriantes en un pueblo cualquiera de Norteamérica. La obra alcanza su máximo esplendor en el tercer acto («El Inmortal»), especialmente en el monólogo de Bobbie Lehman sobre cómo se crea desde el poder económico la sociedad de consumo de masas. A veces el propio género hace que la narración sea demasiado mecánica, pero los contrapuntos dramáticos o satíricos le hacen remontar el vuelo a base de ingenio, desparpajo y mordacidad, véase el momento en que Phillip Lehman idea un plan con aires de surrealismo capitalista para elegir esposa. Todo un hallazgo.

Un festín de inteligencia teatral, por tanto, un deslumbrante y perverso juego con nuestra historia.