Juan Manuel Cifuentes, un Sancho Panza para Fernando Fernán-Gómez

Por PEDRO MANUEL VÍLLORA
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No es difícil identificar a Juan Manuel Cifuentes (Albacete, 1968) con Sancho Panza, sobre todo después de haberlo representado en ese gran éxito del teatro musical que fue «El hombre de La Mancha». Hoy volverá a ser el escudero, pero en esta ocasión en el monólogo «Defensa de Sancho Panza», de Fernando Fernán-Gómez, que se estrena en el Corral de Comedias dentro del XXV Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro.

Pero Juan Manuel Cifuentes es algo más que un actor. Es también un cantante que ha estudiado con Caballé, Raimondi, Pavarotti o Bergonzi y que ha actuado en Bayreuth. Es un intérprete que ha trabajado con Jerzy Grotowski, Antonio Fava, Adolfo Marsillach, Giorgio Strehler o Peter Brook. Su currículum está repleto de nombres admirados y montajes de referencias, por eso no extraña la confianza de Fernando Fernán-Gómez en él.

-¿Cuántas veces ha hecho de Sancho Panza?

-Esta es la tercera. La primera fue un trabajo más corporal, basado en la antropología teatral, en ejercicios de improvisación... Se trató de captar el espíritu de Sancho y exteriorizarlo desde un punto de vista más gestual. Era un trabajo de Grotowski, en su escuela de Italia, y era una visión esencial y metafísica de la historia del «Quijote». Luego hice de Sancho en el musical «El hombre de La Mancha», donde, por texto, es un personaje un poco vacío, graciosete, que sirve de contrapunto cómico al drama del protagonista. De todos modos intenté hacer un personaje más de verdad, más auténtico, quitándole las partes estereotipadas. Y esta tercera versión trata de ver a la persona que hay en el personaje de Sancho Panza; se trata en profundidad, es un personaje más maduro que ya ha analizado todo lo que le ha pasado con su señor y tiene un planteamiento mucho más puro. El título habla de cómo, a la vez que se trata de una defensa de las acciones de Sancho junto a don Quijote, también es una defensa del propio Sancho Panza. Recordemos que Sancho evoluciona desde todo lo que es el cómico del Siglo de Oro español, y muchas veces se ha tratado así más que como un filósofo, que lo es igual que don Quijote: uno desde un punto de vista más lírico y otro más terrenal. Por ello sus pensamientos no dejan de ser apabullantes y de una sensatez muy fuerte.

-¿La obra se plantea como un juicio?

-Es un juicio que se hace a Sancho Panza acusándole de todo lo que ha hecho mal junto a Don Quijote. Sancho analiza los puntos que el tribunal considera que son los más pecaminosos e incoherentes y que el personaje cree que no se ven como él los vivió.

-¿Fernán-Gómez utiliza textos de Cervantes o es todo original suyo?

-La obra comienza con el discurso de la Edad de Oro, y luego ha ido cogiendo las partes que considera más interesantes y que son a las que Sancho Panza podría estar más vinculado: el haber sido gobernador de la ínsula Barataria, la pelea de los dos ejércitos que son dos rebaños, la carta de amor a Dulcinea, etc. Son capítulos significativos en los que Sancho podría tener una solidez y una fuerza mayor incluso que la de Don Quijote, y a partir de ahí ha hilado el texto.

-¿Pero por qué Sancho Panza por tercera vez y no otro personaje?

-Tengo un trauma con Sancho Panza. Lo he visto hacer un montón de veces como un pelele. Soy manchego; no soy especialmente nacionalista pero me gusta mi tierra, y cuando lo he visto representar me parecía que se estaba faltando al rigor de Sancho. No es una especie de comicacho o de clown tonto junto a un clown listo, y me apetecía hacer otro planteamiento. Creo que es un personaje perdedor y quería cuidarlo, y algo que me molestaba de «El hombre de La Mancha» era que el personaje quedaba desplazado.

-¿Qué se siente cuando se ha cantado en Bayreuth, se ha sido Arlecchino con Strehler, se ha estudiado con Barba, Grotowski y Peter Brook...?

-Tengo la sensación de que todo lo que hice en Europa me pilló demasiado joven para valorar de verdad lo que estaba haciendo. Tenía veintipocos años y lo vivía maravillosamente bien, pero es sólo ahora cuando veo que todo aquello que quedó posado empieza a salir. Fue muy positivo, pero también hubo muchas locuras, porque meterme de repente en Bayreuth a hacer Lohengrin era descabellado, porque yo era un tenor lírico ligero haciendo un trabajo de spinto lírico. Lo que pasa es que siempre me ha ayudado que los montajes en los que me metía eran más experimentales y arriesgados, y, si algo desentonaba, no era sólo yo, sino todos a la vez. Igual paso cuando hice «Otelo» con Steven Hutton para la Royal Shakespeare Company; jamás habría hecho de Otelo sin saber inglés de no tener diecinueve años y no importarme hacer locuras, aunque luego estaba muy bien que no supiese el idioma porque así se notaba mi connotación de extranjero. Siempre ha habido gentes detrás de mí que sí sabían dónde estaba y han aprovechado mis recursos para incluirlos en sus montajes, y eso ha sido lo más importante.