José María Pou: «Cuando hago "Moby Dick" me siento como si me tirara por un precipicio»

El actor catalán, superada una dolencia ocular, se enfrenta al estreno en Madrid de la versión teatral de la novela de Melville

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Una delicada afección ocular de su protagonista, José María Pou, obligó a retrasar el estreno en Madrid de «Moby Dick», la adaptación teatral de la novela de Herman Melville realizada por Juan Cavestany y dirigida por Andrés Lima. Superado el problema, el actor catalán vuelve a subirse hoy al escenario para encarnar al capitán Ahab. Viaja ahora con la mano puesta sobre el freno de mano. En noviembre cumplió setenta y cinco años y, confiesa, por primera vez es totalmente consciente de su edad. Ya aparece en el horizonte la palabra retirada, a la que no le tiene miedo. «Tengo tantos libros que leer, tantas obras de teatro y películas que ver...» Pero, de momento, es tan solo una idea; todavía le queda una larga gira con este «Moby Dick», con el que empezó hace un año y con el que seguirá hasta junio. Y aunque su siempre caudalosa palabra está ahora más amansada, lo mismo que su gesto, habla con entusiasmo y energía incólumes de la función, de su personaje y de su gran amor: el teatro.

Desde el estreno repite que ésta es una de las funciones más exigentes que ha hecho.

Se me llena la boca de decirlo. Pero influye mi edad. Aunque yo vaya por la vida como un chico de 18 años, empiezo a notarlo. Y a mi edad me he metido en el personaje más difícil en cuanto a tensión, a energia. Este Capitán Ahab, en hora y media de función, tiene más desgaste incluso que «El Rey Lear», que duraba casi cuatro horas.

¿Tanto?

Sí, por una razón. En «El Rey Lear», que no deja de ser una obra monumental, entraba y salía de escena, y la acción estaba repartida con otras personajes. Pero en «Moby Dick» no desaparezco del escenario ni un segundo; empiezo con un grito surgido de las entrañas, y a partir de ahí no puedo bajar, está durante hora y media a mil revoluciones por minuto. Ahab es un hombre en un ataque permanente de locura y me deja agotado. Está permanente al límite, y soy consciente de que hay que hacer a este personaje como si llevara a la ballena en brazos. Termino exhausto en esta función. Pero eso el público no tiene por qué saberlo, no lo digo para demostrar nada. No me gusta que se vea el esfuerzo del trabajo; hablo de lo que me pasa cuando cae el telón y de lo que necesito para recuperarme de la función.

¿Pero personajes de este tipo no dan al actor energía al mismo tiempo que se la quitan?

¡Por supuesto! La energía te la dan el texto, además de la personalidad de Ahab. Yo soy enormemente feliz, aunque nunca me había planteado hacer este personaje. Juan Cavestany ha hecho una versión modélica. Ha recogido ese novelón de mil páginas en hora y veinte de espectáculo, y no falta nada de «Moby Dick», de lo esencial. Tiene un lenguaje poético precioso, y una de las cosas que a mí más me gusta del escenario es contar cosas en voz alta, disfrutar diciendo textos maravillosos. Comunicar con el público a través de la palabra, que es una de las funciones del actor. Y aquí lo hago, jugando con ese texto y con sus imágenes, casi como un prestidigitador. El viaje que hace Ahab te va llevando solo... Es una contradicción con el desgaste del que le he hablado, pero está tan bien escrita la versión que el personaje te va llevando solo. Yo tengo la sensación cada día, y no es literatura, de que me tiro por un precipicio cuesta abajo, y no sé cómo llegaré al final. Tengo la sensación de que no sé cómo vamos a terminar el espectáculo. El capitán Ahab tiene mucho de Rey Lear, de personaje shakespeariano. De hecho, Melville contó en sus memorias que reescribió la novela después de leer «El Rey Lear».

¿Qué tienen en común los dos?

Son personajes crepusculares, dos viejos; los dos son conscientes de que han perdido todo lo que tenían y de que están al final de su vida y no van a poder recuperarlo. Han de empezar a ser hombres de nuevo, a aprender a tener un comportamiento humano. A pesar de todo quieren seguir luchando, y eso les hace heroicos. Otro punto en común es su capacidad para enfrentarse a la Naturaleza, de desafiar al destino. El capitán Ahab es egoísta, déspota, arrastra a todo el mundo para satisfacer su venganza personal... Porque eso es lo único que le mueve. Es un personaje completamente negativo. ¿Qué es lo que lo hace atractivo? Su determinación de héroe, que nos hace admirarle; ese querer enfrentarse él solo y a cuerpo limpio a la ballena, a un monstruo de veintitantas toneladas. Solo por venganza. Él sabe que está loco -«soy la locura enloquecida», dice-, que su viaje es un suicidio programado. Y aquí es donde el espectador puede hacer su lectura actual: estamos ante un hombre que antepone sus satisfacciones y deseos personales y es capaz de arrastrar a sus hombres hacia la muerte. Aplícalo a los tiranos, déspotas, líderes históricos o actuales, y encontrarás motivos de reflexión y de actualidad.

Siempre buscamos un significado, pero el teatro tiene que contar historias simplemente, y éstas ya se explican solas...

¡Sí, sí, exacto! Lo he dicho casi por deformación, porque siempre hay quien busca una lectura actual y te preguntan por ello. Pero estoy absolutamente de acuerdo con usted. Tanto, que eso es lo que nos propusimos cuando empezamos los ensayos. Hacer una versión de ese texto tan enorme y complejo es complicadísimo, y decidimos contar la historia únicamente a través de los ojos del capitán Ahab, que el público lo viviera a través de su mirada. Y con un espectáculo en el que estuviera toda la magia del teatro. Está basado en tres actores -conmigo están Jacob Torres y Oscar Kapoya- que decimos unos textos maravillosos; somos personajes y narradores, para acentuar el que estemos contando la historia.

Pero al tiempo es un espectáculo muy sensorial.

Totalmente. Andrés quería mostrar toda la magia del teatro, y el comentario más común de los espectadores en este año de gira es: «me he sentido como si estuviera en alta mar en mitad de la tormenta». Es un espectáculo para los sentidos: la iluminación, las proyecciones, la escenografía, la música, casi operística; está toda la magia posible para envolver al espectador y cogerlo en volandas. Es una experiencia sensorial, sí.

Ha dicho que el capitán Ahab sabe que su viaje es un suicidio, pero la ballena es al mismo tiempo la que da sentido a su vida...

Es el único sentido que tiene a esas alturas de su vida. Quiere matarse para seguir viviendo; o para perpetuarse, mejor dicho. Ahab jamás se había planteado un final así, pero en el momento en que toma la determinación de ir a por la ballena cambia el sentido de su vida; sabe que va a morir... Pero que va a ser una muerte de héroe. La caza de esa ballena se convierte en el único sentido de su existencia, en lo único que le mantiene vivo. Lo malo es que su deseo de venganza, llevado a un extremo casi sobrehumano, se convierte en locura.