Chema Adeva, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Miranda Gas y Didier Otaola, en «El jardín de los cerezos»
Chema Adeva, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Miranda Gas y Didier Otaola, en «El jardín de los cerezos» - MarcosGpunto

«El jardín de los cerezos», el canto del cisne de Ernesto Caballero en el CDN

El director madrileño firma con la obra de Chéjov su último montaje al frente de esta institución

MadridActualizado:

Anton Chéjov estrenó «El jardín de los cerezos» en enero de 1904; unos meses después, en julio de ese año, moría. Esa obra prodigiosa e inmarcesible fue, por tanto, la mejor herencia de uno de los autores capitales de la historia del teatro. Y como en un símbolo, Ernesto Caballero ha elegido como su último montaje al frente del Centro Dramático Nacional esta obra finisecular que, dice, «habla del paso del tiempo, del relato que nos hacemos, del juego de la vida».

El propio Caballero firma la versión y la dirección de este espectáculo, con un reparto que integran Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa.

En su presentación de la obra, el todavía director del CDN afirma que «El jardín de los cerezos» «expresa con pasmosa elocuencia la incertidumbre y vulnerabilidad de los seres humanos cuando, conscientes o no de ello, se hallan en decisivas encrucijadas vitales. Y es que el personaje principal de la obra no es otro que la propia vida desplegada con todos su matices y verdades contrapuestas; la vida entendida, no como un cuento absurdo lleno de furia y ruido, sino como un sutil juego tragicómico, acaso necesario para hacernos olvidar la ineludible tala a la que estamos abocados. El juego de la vida, con sus entrañables mascaradas para tratar de desactivar al aguafiestas del tiempo. Lo más noble, lo más risible, lo más digno, lo más degradante de nuestra condición se concitan en este retrato grupal en que tan diáfanamente nos vemos reflejados. Espejo de palabras propiciadoras de un teatro que nos traspasa de poesía y verdad y que, como manifiesta la joven Anya tras escuchar las palabras de Trofimov (el eterno estudiante, trasunto del propio escritor), hacen que ya no volvamos a contemplar de la misma manera nuestro particular y consabido jardín».

Ha pretendido Caballero hacer una lectura del texto «directa y sin adherencias preceptivas» que ha generado «una realidad escénica muy alejada del consabido canon chéjoviano». Un canon, sigue, establecido sobre la primera función, que dirigió Stanislavski, y «que desoyó la palabra clave que el escritor escribiera inmediatamente después del título de su obra: “comedia”».

El montaje de Caballero busca el equilibrio, según explica, entre la visión de Stanislavski y los deseos del autor. «Veo “El jardín de los cerezos como un género híbrido en el que se entrelaza el drama y la farsa… Me he acercado a este texto pensando que lo ha escrito una persona de hoy. Es cierto que contiene muchos elementos de distancia irónica, de comicidad, de sátira amable, pero también existe un retrato prodigioso de la vida, con todas sus grandezas y miserias. Es una obra excepcional porque, de forma lúcida y exultante, hace que el personaje principal de la trama, su gran protagonista, sea ese precisamente: la trama de la vida con su inapelable antagonista, el tiempo».