Una escena de «Islandia»
Una escena de «Islandia» - CDN
CRÍTICA DE TEATRO

«Islandia»: Marco en Manhattan

El Centro Dramático Nacional presenta la obra de Lluïsa Cunillé, dirigida por Xavier Albertí

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Hacía mucho que Lluïsa Cunillé (Badalona, 1961) no visitaba los escenarios madrileños; una lástima, pues es una de las voces más interesantes y originales de nuestro panorama teatral. En «Islandia», coloca a sus personajes en un paisaje social arañado por la crisis económica, para hablar de las distancias afectivas, la rara química momentánea que se establece entre extraños y enhebrar diversas esquirlas de historias protagonizadas por seres que después de haber descarrilado sobreviven en una estación que no figuraba en su trayecto.

Una pieza de belleza oscura e irregular en la que la autora parece ofrecer una particular relectura de «De los Apeninos a los Andes», uno de los más conocidos relatos incluidos por Edmundo de Amicis en su libro «Corazón». En el cuento, Marco, que tiene trece años, viaja a Argentina tras los pasos de su madre, emigrante en busca de trabajo. El Chico (Abel Rodríguez) se traslada de Islandia, donde vive con sus abuelos, a Nueva York para encontrarse con su progenitora, casada en segundas nupcias con un carnicero. Tiene quince años y si su colega finisecular italiano vivía un largo y melodramático periplo, él resuelve su viaje de ida y vuelta en dos intensas jornadas de seca incertidumbre.

En su camino se topa con personajes que dibujan el mapa de una desolación colectiva, una variopinta grey de pícaros y perdedores experta en el deporte de la supervivencia: el inventor de una máquina de fabricar lluvia (Joan Anguera), un médico (Oriol Genís), una mujer que vende los pecios que ha podido rescatar de su hecatombe familiar (Lurdes Barba), el guardián de un albergue para perros abandonados (Albert Prat), el padrastro reconvertido en vendedor de perritos calientes (Juan Codina), un agente de Bolsa en horas bajísimas (Albert Pérez) y, al fin, la madre (Lucía Quintana), equilibrista de la cartomancia. El delgado itinerario ese Chico con los bolsillos rebosantes de preguntas parece un pretexto para que cada una de esas criaturas ponga sobre el tapete su pieza de un rompecabezas deteriorado.

Xavier Albertí plantea una puesta en escena cocinada a fuego lento, de ritmo tedioso en ocasiones. Bien iluminada por Ignasi Camprodon, la escenografía de Max Glaenzel, una perspectiva de columnas de hormigón, evoca y acota la atmósfera de los no lugares por los que deambula el Chico: estaciones de metro, desolados parajes urbanos, la sala de espera de un hospital… Los intérpretes son capaces de perfilar con unos trazos la complejidad de unos personajes que llevan prendida en la solapa la flor de la verdad, y el joven Abel Rodríguez, en particular, compone con tino un adolescente henchido de tenacidad y resignado estupor.