El inspector de Priestley vuelve a llamar a la puerta de nuestras conciencias

JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓNSANTANDER. Una trama de apariencia realista que el autor termina con un genial quiebro metafísico. Junto con «El tiempo y los Conway», «Llama un inspector» es la más famosa

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JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN

SANTANDER. Una trama de apariencia realista que el autor termina con un genial quiebro metafísico. Junto con «El tiempo y los Conway», «Llama un inspector» es la más famosa pieza teatral del John Boynton Priestley (1894-1984), una de esas obras que dejan huella y que Juanjo Seoane ha decidido que es hora de que se vuelva a ver sobre un escenario. Con este montaje, estrenado hace unos días en Santander y que posteriormente ha visitado la localidad alicantina de Alfaz de Pi y Pamplona en una gira que lo traerá a Madrid la próxima temporada, el productor ha querido saldar cuentas con una vieja obsesión, una asignatura pendiente con su propio pasado desde que asistió, adolescente, a una lectura dramatizada de la pieza y una de las actrices le reveló que tal vez ese inspector que llama a la puerta de los Birling no sea sino la voz de nuestra propia conciencia.

Bajo el envoltorio de una comedia de costumbres con sesgos de thriller, Priestley mezcla vida e ilusión jugando con una original concepción del tiempo como elemento dramático. En breves líneas, el argumento de esta pieza estrenada en Londres en 1946 presenta a una familia de la aristocracia industrial británica que, cuando celebra la pedida de mano de su hija, recibe la visita de un inspector que investiga el suicidio de una joven humilde; el recién llegado va demostrando sutilmente que todos, de alguna forma, contribuyeron al desgraciado final. Un ovillo que el autor desenreda con gran dominio de la temperatura psicológica y el ritmo escénico. En esta versión, la acción, que originalmente transcurre en 1910, ha sido traslada a 1939, poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, lo que subraya la atmósfera crepuscular del mundo que retrata.

Ética y amor

El director, Román Calleja, que hace cuatro temporadas se atrevió con «Copenhague», un difícil texto de Michael Frayn, ha subrayado que ha planteado el montaje destacando los aspectos de crítica a esa sociedad y dejando a la vista del público los vicios y lacras de aquellos que gozan de gran apariencia y responsabilidad. «La obra -ha declarado- habla de la ética, que, por desgracia, se encuentra hoy en desuso, pero también sobre el amor, la responsabilidad y la culpabilidad... »

«Llama un inspector» cuenta en sus papeles principales con José Luis Pellicena -que encarna al tenaz visitante en un tono medio e incisivo que se ajusta como un guante a sus características interpretativas-, Francisco Valladares y Concha Cuetos, como el matrimonio de alcurnia empeñado en guardar las apariencias, y los jóvenes Iván Gisbert, Lola Manzanares y Guillermo Muñoz. Sobre la complejidad de su papel, Pellicena ha manifestado que de entrada le preocupó porque «debe ser al mismo tiempo claro y oscuro, real y mágico».

Un reparto equilibrado -según Seoane, «el mejor que se podía conseguir para una obra de gran mordiente social»- para una producción que ha sido iluminada por Juan Gómez-Cornejo, su vestuario lleva la firma de Javier Artiñano y los decorados son de John Burton, escenógrafo británico en muy buena sintonía, igual que el autor de la versión, Juan Altamira, con Juanjo Seoane, que suele trabajar asiduamente con ambos. Este montaje de «Llama un inspector» presenta el buen acabado que suelen compartir las apuestas escénicas del productor, que actualmente tiene en cartel en Madrid «Filomena Marturano», con Concha Velasco como mascarón de proa de la función, y mantiene en gira «La duda», versión de «El abuelo» de Benito Pérez Galdós protagonizada por Nati Mistral.