Carlos Hipólito da vida al caballo Patizanco

«Historia de un caballo», leyenda de un actor

Por Pedro Manuel VÍLLORA
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«Historia de un caballo». Autor: León Tolstoi. Versión: Enrique Llovet. Adaptación musical: José Nieto. Intérpretes: Carlos Hipólito, Francisco Valladares, Pilar Barrera, Gonzalo Benavides, Antonio Canal, Fidel Almansa, Ángel Amorós, Javier Collado. Escenografía: Ana Garay. Iluminación: Quico Gutiérrez. Mimografía: José Piris. Dirección musical: José Segovia. Dirección: Salvador Collado. Teatro La Latina, Madrid.

Incluso los que no hemos visto la «Historia de un caballo» protagonizada por José María Rodero sabemos que se trata de una interpretación mítica. No hay, por tanto, ni ocasión ni deseo de hacer ninguna comparación entre el resultado de los dos montajes, porque se producen en contextos completamente diferentes y se dirigen a públicos asimismo distintos. Sin embargo, sí hay un aspecto en el que los dos espectáculos consiguen un efecto semejante, y habrá que ir pensando si es un fruto brindado por el texto o dos ejemplos de profesionalidad y talento a la hora de confeccionar sendos repartos; y es que este caballo Patizanco vuelve a labrar la leyenda de su intérprete, que en este caso no es otro que un Carlos Hipólito sencillamente magistral.

Hipólito ofrece una interpretación que está en las antípodas de su aplaudida e inmediatamente anterior «Arte». La obra de Yasmina Reza proponía un juego intelectual desde la palabra que obligaba a cierta contención expresiva. En «Historia de un caballo» la palabra es lo de menos (hay frecuentes incursiones en lo ñoño, cuando no en lo cursi), mientras que la caracterización del personaje lo es casi todo. Así, no es tan importante que Hipólito consiga parecerse realmente a un caballo, cuanto que es capaz de configurar una serie de movimientos, gestos, sonidos y ritmos de enorme verosimilitud. Esa misma gestualidad puede llegar a mostrarse postiza cuando la ejecutan algunos miembros del conjunto, pero Hipólito trasciende lo meramente mimético y físico para elevar su encarnación a las más altas cotas de la expresividad interiorizada.

Francisco Valladares vuelve a interpretar, como hiciese hace veinte años, al príncipe Serpujovskoi, propietario temporal del caballo Patizanco, y lo hace con un divertido sentido de la ironía de sí mismo. Hay momentos en los que no se sabe muy bien dónde termina el actor y dónde comienza el personaje, pero esto, que en otras ocasiones sería contraproducente, aporta en este caso un plus de humorismo, jovialidad y sofisticación que benefician en mucho una obra tan obviamente bienintencionada. Como criado suyo, Fidel Almansa plantea una composición extraordinariamente precisa de gestos, miradas, silencios, sonrisas... que deberían hacerlo firme candidato a cualquier premio de interpretación de reparto.

En cuanto a la obra en sí, es un relato sencillo de las peripecias de un caballo cuyo extraño pelaje lo ha convertido en objeto de rechazo general durante casi toda su vida. En ese sentido, el espectáculo propone un elogio y reivindicación de la diferencia, lo cual es absolutamente actual y contemporáneo, aunque quizá sería más convincente como espectáculo si tuviese algo menos de música intrascendente.