Helen Prejean (a la izquierda) con Joyce DiDonato, que la interpreta en «Dead Man Walking»
Helen Prejean (a la izquierda) con Joyce DiDonato, que la interpreta en «Dead Man Walking» - Isabel Permuy

Hermana Helen Prejean: «Cualquier ser humano es irremplazable»

La religiosa, autora de «Dead Man Walking» («Pena de muerte»), está en Madrid para asistir al estreno en el Teatro Real de la ópera basada en su libro

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Hace tan solo un par de días, tras la ejecución en Texas del asesino múltiple Anthony Shore, la hermana Helen Prejean escribía en su cuenta de Twitter: «Oremos por la familia de Anthony Shore y las familias de Laurie Tremblay, María del Carmen Estrada, Diana Rebollar y Dana Sánchez. Recordamos a las víctimas, pero no con más muertes». En este sencillo texto resumía la religiosa católica el espíritu de la lucha que lleva a cabo desde hace años en contra de la pena de muerte. Helen Prejean es la autora de «Dead Man Walking», un libro fruto de sus experiencias con presos condenados a muerte, que inspiró la película de Tim Robbins (1997) y la ópera de Jake Heggie y Terrence McNally (2000) que el viernes 26 presenta el Teatro Real. Para este estreno ha viajado la religiosa a Madrid.

¿Qué aporta el lenguaje operístico a la historia que cuenta en el libro?

La idea me encantó porque permitía que el público asistiera en directo al drama. Confié desde el primer momento en Heggie y McNally, como lo hice en su día en Robbins, y no me equivoqué. Hablé mucho con ellos además. Y me alegra comprobar que el público sigue conmoviéndose con esta historia. La ópera es la plenitud del arte: permite vivir la historia que, al leer el libro, solo puedes imaginar. Lleva a los espectadores a lugares en los que nunca ha estado, como un sala de ejecuciones; les hace vivir la historia, y lo hace además con la música, que viaja directamente a su corazón de manera directa, limpia, cercana. La música dirige el viaje que el público realiza; «Dead Man Walking» es una ópera americana, tiene rock & roll, espirituales, todo tipo de música, que lleva al público las emociones de la ejecución o el sufrimiento de las familias de las víctimas o de la madre de Joseph, el condenado a muerte. Es un viaje emocional tan intenso que hay que llevar cinturón de seguridad.

Hablando de viajes: usted emprendió hace años uno contra la pena de muerte. ¿Ha merecido la pena?

El sufrimiento se repite cada vez que un ser humano es condenado a muerte. Mi trabajo con los presos que están en el corredor de la muerte es acompañarles; no aconsejarles ni convencerles de que preparen su alma... No, es solo acompañarles; como una hermana, como una amiga. Lo he hecho con siete condenados. Cualquier ser humano es irremplazable. Decir que se va a aliviar el sufrimiento de los familiares de las víctimas con la muerte de su asesino es una gran mentira. Pero, respondiendo a su pregunta, sí merece la pena, porque puedo ver la tendencia de la gente en Estados Unidos, de los fiscales; en Luisiana, uno de los estados del Sur, donde se han llevado a cabo cerca del 70 por ciento de las ejecuciones, no hay una desde 1999. Y la propia gente de las cárceles está harta, no quiere ver morir a nadie más. En 1983, el 80 por ciento de los estadounidenses estaban a favor de la pena de muerte; hoy ese porcentaje es sensiblemente menor.

¿Tiene relación con los familiares de las víctimas y de los ejecutados?

Con algunos. Muchos han muerto; por ejemplo, Eddie, el hermano de Patrick Sonnier, que cometió los asesinatos con él, murió hace un par de años... En cuanto a las familias de las víctimas, casi siempre encuentro su aplauso cuando empiezo a trabajar con alguien que está en el corredor de la muerte; incluso me convertí en amiga de los padres de David Le Blanc, uno de los chicos a los que asesinó Patrick. Él es el verdadero héroe de «Dead Man Walking»; su hijo tenía solo 17 años cuando fue asesinado, y él se preguntaba una y otra vez por qué aquellos dos hermanos habían matado a su hijo. Una de las cosas que más me asombra es cómo se maneja que el crimen que es una ejecución nunca devuelva a la víctima a la vida. Quizás esté proyectando mi propia sensibilidad sobre otra gente, pero no hay que olvidar que el noventa por ciento de las personas que pasaron en Estados Unidos por el corredor de la muerte recibieron abusos cuando eran niños. Y de alguna manera esa violencia que ellos habían visto es la violencia que llevaron a cabo.

¿La palabra clave en su labor es piedad?

Compasión. Esa es nuestra habilidad. Entender que cuando un ser humano comete actos así hay algo en él equivocado. Lo que nos sostiene son los derechos humanos inviolables. En Estados Unidos, en los juicios, ni el fiscal ni nadie en la Corte puede, ni siquiera en los crímenes más terribles, calificar a una persona como «vil». Puede decir que la acción que ha cometido es «vil», pero no la persona. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en sus artículos tres y cinco, dice que todo ser humano tiene derecho a la vida y que nadie puede ser torturado ni ser sometido a penas y tratos crueles.

A lo largo de estos años, ¿ha desfallecido o ha tenido la tentación de arrojar la toalla? No debe ser difícil permanecer ajeno a tanto sufrimiento como ha visto.

Mi sufrimiento -y eso la ópera lo refleja muy bien- no tiene comparación con el sufrimiento de los familiares de las víctimas y de los propios presos. Yo solo puedo imaginar lo que puede sentir una madre, o lo que puede pensar un condenado a muerte al que la sociedad le dice que su crimen es tan grande que solo se puede purificar con la muerte. Su mirada no es distinta de la de otro ser humano.