JULIÁN DE DOMINGOHelen de Quiroga, Grizabella en «Cats»

Gatos de una sola vida, pero eterna

Por JULIO BRAVO
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«Cats» no es sólo un musical. Es un fenómeno sociológico. No se explica de otra manera que haya estado en cartel en Londres durante más de veinte años ininterrumpidos y casi el mismo tiempo en Nueva York. En total, lo han visto en todo el mundo 75 millones de espectadores y ahora, veintidós años después de su estreno, llega a España.

¿Cuál es el secreto de «Cats»? ¿Qué tiene de especial? Son preguntas difíciles de contestar y probablemente exceden del propio espectáculo. En cualquier caso, «Cats» posee los ingredientes necesarios para enganchar al público: una música brillante y luminosa, una historia (prácticamente una anécdota) singular y extravagante, una escenografía apabullante, un maquillaje y un vestuario (en éste es donde más se asoman los años ochenta en que fue creado) colorista e imaginativo, una iluminación admirable, una coreografía excepcional y una radiante puesta en escena. La combinación de todos estos elementos conforma un más que sobresaliente espectáculo, ilusionante, contagioso y mágico que sigue encantando a pesar del tiempo transcurrido desde su creación. Alguno de los números (como «La brutal batalla entre pekis y pólicos», del primer acto, o «La balada de Billy McCaw», del segundo) aminora el ritmo, pero no rebaja el colorista tono general de la obra.

Todo partió de unos poemas, los que escribió T. S. Eliot para sus ahijados, y que fueron recogidos en un libro titulado «El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum». A partir de ellos y de otro material del autor, el propio Lloyd Webber y el director de escena, Trevor Nunn, tejieron este espectáculo, que narra la reunión anual de la tribu de los gatos jélicos; su líder, el Viejo Deuteronomio, ha de elegir a uno de ellos para que renazca en una nueva vida. Varios de ellos se presentan, otros cuentan historias... hasta que finalmente se toma la decisión.

Festival de música y danza

El argumento es, francamente, lo de menos en este musical, porque «Cats» es, ante todo, una fiesta para los sentidos, un festival de música y danza presentado en un chispeante envoltorio. John Napier (que firma su obra en la matrícula de un coche, NAP 17) ideó un vertedero lleno de cachivaches viejos, que excede del escenario y se asoma hasta el patio de butacas. La producción española ha conseguido un extraordinario efecto en el teatro Coliseum. Allí juegan los gatos, movidos por la coreografía de Gillian Lynne. «Cats» es, prácticamente, un ballet cantado. La naturaleza de los personajes otorga un protagonismo indiscutible a la danza. En la coreografía, atenta siempre a diferenciar la personalidad de cada uno de los personajes, se mezclan con sabiduría y eficacia diversos estilos, y los movimientos felinos se confunden con los humanos en un todo indivisible.

La música de Lloyd Webber usa también una variada paleta de colores, desde el rock desenfadado de la canción de Rum Rum Tugger hasta la melancolía de «Memory», una canción que ha pasado por méritos propios a la historia de la música de nuestro tiempo.

El principal activo de «Cats» son, sin embargo, sus intérpretes. Sólo su energía y su talento pueden hacer saltar el corcho de la botella para que la espuma salga a la superficie. El reparto español lo consigue por vitalidad, por garra, por intensidad; hace años hubiera sido imposible lograr reunir un reparto adecuado para este musical en España. Hoy, afortunadamente, es posible encontrar bailarines que canten de forma más que correcta y cantantes que puedan moverse con habilidad, siempre dentro de un personaje al que hacer creíble. El conjunto es compacto, pero hay que destacar la voz magnética de Helen de Quiroga (Grizabella), que canta -e interpreta- «Memory» con el desgarro necesario; a Víctor Ullate Roche (Mr. Mistoffelees), soberbio en su comprometida variación final; a Edu, que lleva a su terreno tanto vocal como escénicamente al travieso y vital Rum Rum Tugger; y al conmovedor Viejo Deuteronomio del siempre admirable Pedro Ruy-Blas.