Un futurista con pasado

POR LUIS CONDE-SALAZAR
Actualizado:

Vienés de familia burguesa, Friedrich Christian Anton Lang (1890-1976) sintió pronto que en la bohemia artística estaba mucho más cómodo que ganándose la vida en el negocio de su padre, un estricto contratista que a duras penas pudo encajar el hecho de que su único hijo se diera a la acechanza noctívaga, con 18 años ya, actuando en revistas de cabaret. Sin embargo esa vida «inmoral» contradecía el hecho de que años más tarde, tras patear mundo desasido de la pernera paternal, ingresara en el Ejército austro-húngaro y fuera condecorado por su valor y entrega.

Así era Lang: contradictorio, frenético y genial. Abandonó las armas por la pluma y los pinceles y dio sus primeros pasos como guionista, un oficio por entonces poco agradecido, ya en Alemania, país en el que se nacionalizó, hasta que las luces del cine oscurecieron las de su pasión por la pintura. Allí se consolidó como un auténtico visionario, tras rodar la inquietante «Metropolis» (1927), una sinfonía inmaculada, preciosa y precisa, del futurismo cinematográfico; «M el vampiro de Dusseldorf» (1931); y la serie de películas sobre el Dr. Mabuse, protagonista de una novela por entregas adaptada por Lang al cine que representaba al loco practicante de la psicohipnosis, nihilista, decadente y depravado cuyo objetivo era el Raffke, un término acuñado en Berlín que aludía a la acumulación de dinero por cualquier medio. Hitler, por entonces, estaba empezando a despuntar como solución al desencanto surgido tras la derrota alemana en la I Guerra Mundial.

Tras el estreno de «El testamento del Dr. Mabuse» (1933), un film no previsto que cerraba el ciclo sobre ese siniestro personaje subterráneo, Goebbels le propuso como cineasta oficial del III Reich. Lang rechazó la oferta -que recayó en Leni Riefenstahl-, su película fue prohibida y huyó a los Estados Unidos, donde empezó una prolífica carrera como director de películas de cine negro. ç

Una de ellas la fantástica «Sólo se vive una vez» (1937), obra maestra desarrollada entre poderosos claroscuros protagonizada por Henry Fonda y Silvia Sidney. La película es un canto contra esas situaciones en las que los dedos apuntan como culpable sin remisión a un inocente con el único y endeble argumento del estigma de sus antecedentes.