Una escena de «Furiosa Escandinavia»
Una escena de «Furiosa Escandinavia» - Javier Naval
CRÍTICA DE TEATRO

«Furiosa Escandinavia»: mapas del desamor

El Teatro Español estrena este texto de Antonio Rojano, premio Lope de Vega en 2016

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Resulta toda una declaración de intenciones digna de aplauso que el Teatro Español recupere un viejo precepto que llevaba años olvidado: programar la pieza ganadora del Premio Lope de Vega. Lo fue en la última edición «Furiosa Escandinavia», de Antonio Rojano, un trabajo exigente, complejo y de gran vigor dramático, que demanda del espectador atención para ir encajando las piezas de un rompecabezas sobre los caprichosos mecanismos de la memoria en el que hay personajes que coinciden con otros en el mismo espacio aunque en tiempos diferentes y recuerdos que se borran y originan escenas que se repiten en bucle balbuciente.

No es caprichoso que la función se abra con una cita de «Por el camino de Swann», primera parte del ciclo novelístico proustiano «En busca del tiempo perdido», en la que Charles Swann explicita su obsesión por Odette de Crécy. Precisamente la obsesión por un amor perdido hace coincidir a los dos personajes principales de «Furiosa Escandinavia», Erika M. y Balzacman (sus antifaces virtuales en las redes a través de cuales han concertado una cita): a ambos les ha abandonado su pareja, pero mientras ella decide optar por un olvido medicinal (una pastilla que borra los recuerdos no deseados), él emprende un delirante viaje a Noruega en pos de los rastros que enlazan a la poeta Irene Reyes y T., el hombre que dejó a Erika. Otros tres personajes interviene en la trama, Lucas –médico que proporciona la píldora borradora– y Sonia, pareja amiga de T. y Erika, y Agnes, la joven alocada que Balzacman conoce en tierras escandinavas

Dos viajes, uno interior y otro exterior, que conforman diferentes cartografías del desamor en las que el autor enlaza elementos teatrales y narrativos para desarrollar una reflexión en la que aborda el carácter falible de los recuerdos y habla de la culpa, la maternidad, el sufrimiento, la vinculación entre lugares y emociones, y el poder embriagador de la ficción.

Con este material, Víctor Velasco realiza un superlativo ejercicio de puesta en escena, inventando eficaces soluciones para los incontables retos que el formidable texto contiene. Excelentes la escenografía de Alejandro Andújar y la iluminación de Lola Barroso. Francesco Carril encarna con desgarbado encanto al viajero Balzacman; Sandra Arpa, pese a algún momento en que dice su texto de forma mecánica, es una convincente Erika K., Irene Ruiz se desdobla muy bien en la esquiva Sonia y la expansiva Agnes, y David Fernández sirve un correcto Lucas.