Un eslabón en una estirpe de elegidos
Kraus, en una foto de archivo durante un concierto / ABC

Un eslabón en una estirpe de elegidos

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
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En los próximos días, los restos del cantante Alfredo Kraus y de su esposa reposarán en Las Palmas de Gran Canaria. El cabildo de la isla y el ayuntamiento colaborarán en el traslado al cementerio de su ciudad natal, en donde se erigirá un monumento copia de una escultura de Lourdes Umérez, erigida en Almería, y en la que Kraus representa al atribulado y joven Werther, papel emblemático en su carrera. Asimismo, se trabaja para trasladar la sede de la Fundación Alfredo Kraus, actualmente en Madrid, con lo que el legado del cantante se preservará en su ciudad natal a la que siempre estuvo muy unido y donde hizo su última actuación.

Hoy, precisamente, se cumplen diez años de la muerte de Alfredo Kraus. Poco antes había cancelado su primera ópera en el nuevo Teatro Real de Madrid. No llegó a tiempo. La capilla ardiente instalada en el vestíbulo del teatro, visitada por numerosos admiradores, estaba a escasos metros del lugar donde había muerto Julián Gayarre, a quien Kraus había encarnado en el cine, y de quien heredó un estilo avalado por la tradición belcantista a la que defendió con extrema pureza. Por esta razón, Kraus es considerado hoy en día uno de los más importantes cantantes del siglo XX y, al tiempo, uno de los más singulares. A alguno le gustaría señalar el puesto exacto en el escalafón, ahora que es moda, pero eso sería tanto como reducir al absurdo el título de «maestro» que nunca le fue negado y siempre lució con orgullo y un punto de autoridad.

No ha de olvidarse el ánimo polemista de algunas de sus declaraciones, especialmente en los últimos años, ya fuera por la organización de las actuaciones musicales en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, por las opiniones poco elogiosas de algún crítico o sobre los macroconciertos de tenores que luego emuló a escala más doméstica. Quiere decir que Kraus fue purista en el escenario, alguien capaz de preservar una técnica impecable, tan fácil de explicar, y él lo hacía con profusión, como difícil de imitar. Con razón, convertido en profesor, Kraus era inflexible y hasta intransigente ante quienes resolvían el canto de modo distinto.

Cuando afirmaba que «el canto está lleno de contrasentidos» venía a decir que la técnica era el medio para obligar a la anatomía a colocarse en una posición favorable. Hablaba entonces de la columna de aire bien apoyada, de la emisión a partir de la posición de la «i», de los resonadores superiores. Sin duda, grandes dosis de estudio y una naturaleza favorable le permitieron desarrollar el método. Luego hablaba del interés de los papeles de lucimiento refiriéndose a aquellos con un momento culminante. Por esta razón afirmaba no tener interés por Mozart y preferir al variable Alfredo de «La Traviata», mejor aún que al cínico y más monótono duque de Mantua de «Rigoletto», al que, sin embargo, interpretó como pocos lo han hecho. El «repertorio más exitoso» frente a cualquier otro menos interesante donde «se canta muchísimo y no pasa nada». Gracias a ello dejó versiones únicas de «Pescadores de perlas», de «Puritanos», de «Werther»... porque jamás pretendió salir del espacio lírico-ligero, que era el más propicio y que él cantaba dosificando tiempos y actuaciones.

Estos días se recordará todo ello, la homogeneidad en la emisión, la singularidad del timbre, la facilidad para desenvolverse en el registro agudo sin falsete, del canto «legato», de la «messa di voce», de la elegancia y la sobriedad, del control... Y, a lo mejor, un poco sobre la zarzuela, a la que siempre atendió y grabó, y que de haber iniciado su carrera algún año antes habría podido quintaesenciar al lado del gran Argenta. Las grabaciones así explican. Es el legado definitivo de un intérprete que fue único, un eslabón en una estirpe de elegidos.