La esfinge nunca responde

Por Pedro Manuel VÍLLORA
Actualizado:

Esta es la hora en que los teléfonos suenan y voces que uno conoce -y algunas que no- te dicen de sopetón: «¿Sabes ya que...?». Y enseguida añaden: «Como crítico de teatro, como autor joven... ¿podrías escribirnos...?». Y uno, aturdido, dice que sí, cuando en realidad no sabe lo que dice, porque entonces dejas de ser un autor que escribe sobre otro, un crítico que hace balance de la labor de un gestor o un director. Esta es, de repente, la hora en que eres un amigo que sabe que nunca podrá volver a reírse bromeando con ese amigo mayor que has tenido la suerte de disfrutar... Y Adolfo Marsillach era mi amigo.

Ayer, ABC, en su sección de Madrid, publicaba unas líneas de Adolfo sobre mí. Ayer, a las siete y media de la tarde, tuvo lugar la lectura dramatizada de una obra mía, «Bésame macho». En el programa de mano aparecían dos largos fragmentos del prólogo que había escrito Adolfo para la edición de la obra. Entre los actores, además de los jóvenes Ana Otero y Sergio Peris-Mencheta, estaba un compañero de Adolfo, Francisco Valladares, y una mujer que tuvo el privilegio de compartir con él horas envidiables: María Luisa Merlo. Además, la producción correspondía a Robert Muro, editor para la SGAE de un texto de Marsillach de espero que pronta aparición. Entre el público, compañeros, como María Fernanda D´Ocón, Ángel Fernández Montesinos, alguien responsable de una anécdota fundamental en la trayectoria de Adolfo -Manuel Andrés-, y la persona que, sin duda, más me ha hablado de Adolfo: Charo Soriano.

Ayer era un día en el que, por muchas razones, respiraba Adolfo por los cuatro costados y aguardaba que llegase el momento de llamarle para contarle qué tal había ido la lectura. Pero ayer, a las siete y cinco de la tarde, me dijeron que Adolfo se había muerto...

Al saberlo, primero me entraron esas dudas de si contárselo o no a María Luisa antes de su actuación. No sabía qué era lo que había que hacer, porque nunca me había encontrado en un caso como éste y no tenía a Adolfo para pedirle consejo. Me marché a mi asiento pero me sentía incómodo, y finalmente decidí que debía decírselo. Corrí tras el escenario, pero para entonces María Luisa ya se había enterado y nos abrazamos. Luego todo salió bien, y hasta muy bien dadas las circunstancias, pero me falta la persona a quien se lo quería contar.

Tengo junto a mí cosas de Adolfo: las notas que me enviaba con una letra discreta y elegante, como era él; sus libros dedicados; las entrevistas que le hice y que se publicaron con esas fotos en las que nunca se encontraba lo suficientemente bien; una obra suya todavía inédita que le pedí a Mercedes; el prólogo que me escribió...

«¿Cómo has conseguido un prólogo de Adolfo Marsillach?», me han preguntado alguna vez. Pero la respuesta es fácil: simplemente se lo pedí y él me dijo que sí. Y no sólo eso, sino que hasta hablamos de cómo él podría dirigirla si alguien la programase. «Claro, te ha gustado porque es una obra de mujeres y tú, por mucho que se diga, eres un falso misógino», le dije, y él se rió. Luego, cuando una institución apostó por otra obra mía, el primer director con el que se contó fue con él, y Adolfo aceptó, pero enseguida se vio que no iba a estar físicamente lo bastante bien como para afrontar unos ensayos y lo dejamos para una mejor ocasión que ya no tendrá lugar.

Se ha muerto Adolfo Marsillach, fundador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, del Centro Dramático Nacional, director general del Inaem y no sé cuántas cosas más de las que se supone que tendría que hablar y escribir. Pero no puedo, porque se me ha muerto un amigo, alguien a quien en los últimos tiempos no me atrevía a llamar con frecuencia para no molestarle, pero con quien hasta en estas pocas ocasiones encontré motivos para reír e intercambiarnos cariñosas ironías. Este es mi Adolfo Marsillach, distinto seguramente del Adolfo de otra gente; muy diferente, desde luego, del Adolfo polémico y audaz sobre el que tanto se ha hablado y se hablará. Mi Adolfo fue a la vez un maestro -cosa que no le gustaba oír- y un cómplice, un amigo que me hizo creer en mí precisamente por lo mucho que yo creía en él. Un amigo que, al escribir sobre otra persona, me descubrió -y acaso nos descubrió- algo sobre él: «Porque uno quisiera conocer más, averiguar más, comprender mejor. Pero X no quiere porque ha crecido -como yo- en el territorio de lo enigmático y acepta que la Esfinge no conteste porque carece de respuesta».

No sé qué respuesta hay que explique que ayer fuese un día para sentirme feliz por mi lectura y la presencia de mis amigos, y que de pronto todo aquello cambiase de significado. Hoy me falta un amigo, y debo aceptar que la Esfinge no me diga por qué.