Una escena de los ensayos de «La edad de la ira»
Una escena de los ensayos de «La edad de la ira» - Samuel García
CRÍTICA DE TEATRO

«La edad de la ira»: los años de la impaciencia

La Joven Compañía presenta esta obra de Fernando J. López con dirección de José Luis Arellano

Actualizado:

En los montajes de La Joven Compañía late una urgencia rabiosa y concentrada, traducida en una descarga energética situada en un filo desde el que en alguna ocasión bordea la crispación. De todos los montajes que he visto de esta apasionante iniciativa escénica a ninguno le sienta mejor esa trepidación sin respiro que al de «La edad de la ira», adaptación realizada por Fernando J. López de su propia novela así titulada, finalista del premio Nadal en 2010. El calificativo joven lo lleva esta compañía en el nombre, jovencísimos son sus intérpretes igual que buena parte del público que acude a ver sus espectáculos y vibra con ellos, pues siente que le atañe muy directamente lo que ocurre en el escenario, sea la puesta en escena de un texto clásico o de uno contemporáneo, como en esta ocasión.

«La edad de la ira» (****) Autor: Fernando J. López. Dirección: José Luis Arellano. Escenografía y vestuario: Silvia de Marta. Iluminación: Juanjo Llorens. Intérpretes: Álex Villazán, Javier Ariano, María Romero, Alejandro Chaparro, Jesús Lavi, Rosa Martí, Laura Montesinos y Jorge Yumar. Teatro Conde Duque. Madrid.

«La edad de la ira» es una tragedia espléndida con ajustados elementos melodramáticos, dicho sea sin ánimo peyorativo. Su argumento trenza las vidas de varios adolescentes en el último año de instituto: amores cruzados, rivalidades, acoso, violencia expresa, situaciones familiares conflictivas, identidad sexual que busca su lugar, perplejidad ante un mundo que les niega todo aquello con lo que les tienta, irrupción de la muerte… «A esta edad -dice Marcos, el protagonista- no se tiene paciencia. Se tiene sangre. Se tiene vida. Se tiene instinto. [...] Se tiene esta furia que me sube por todo el cuerpo y que no sé cuánto tiempo más voy a poder contener».

Desde el comienzo, Marcos (Álex Villazán), expresa la tensión brutal en la que vive: «Hace tiempo que nos odiamos. Es mutuo, supongo. A mi padre nunca le he gustado». El supuesto parricidio cometido por el joven -que comparte con Sandra (María Romero) y Raúl (Javier Ariano) una fraternidad afectiva y cultural que en sus momentos felices tiene el aroma de «Jules y Jim», la película de Truffaut- es el punto de arranque de la obra, que desvela cómo se ha llegado a ese punto.

Fernando J. López equilibra magistralmente ese mundo en ebullición y una singular vibración poética que se inscribe en la tradición de los grandes relatos de aprendizaje. Y José Luis Arellano, sobre el estupendo espacio escénico de Silvia de Marta muy bien iluminado por Juanjo Llorens, dirige con sensibilidad, brío y buen sentido ese material hirviente que cristaliza en un espectáculo que se ve con el corazón en un puño. Magnífico el trío protagonista como todo el reparto de esta formidable apuesta.