Daniel Bianco, director del teatro de la Zarzuela
Daniel Bianco, director del teatro de la Zarzuela - ÓSCAR DEL POZO

Daniel Bianco: «La Zarzuela debe convertirse en una fundación pública»

Tras el «turbio» proceso que acabó con la derogación del decreto que pretendía fusionar el Teatro Real con el coliseo que él dirige, se muestra optimista y esperanzado de cara al futuro

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Poco podía imaginar Daniel Bianco, cuando programó «La tempestad» en el Teatro de la Zarzuela este mismo mes de febrero, que apenas unas semanas más tarde iban a verse el propio coliseo y él mismo envueltos en una feroz tormenta, con olas que hicieron zozobrar al teatro y casi provocaron un naufragio. Pero después de la tempestad llega la calma, dice el refrán, y Daniel Bianco ya duerme por las noches del tirón. «Lo que me importa ahora es que el teatro ha recuperado su pulso», dice. Lo ha pasado muy mal, confiesa, y quiere ahora «poner punto final a todo esto».

Se refiere, claro, al derogado decreto de fusión del Teatro Real y del Teatro de la Zarzuela, objeto de toda la polémica. «Debemos mirar hacia el futuro», continúa. «Ha sido muy complicado para el teatro, sobre todo porque no ha sido un proceso claro. Ha habido algo turbio en él, no fue bien explicado. Ahora que ha pasado todo, debemos seguir adelante; el Teatro Realy el Teatro de la Zarzuela no somos enemigos, cada uno tenemos unos objetivos y un proyecto claros. Los nuestros son la salvaguarda de la música española y de sus intérpretes».

Y, ahora, ¿cuál es su principal preocupación en el teatro?

La difusión. Poder llegar América, si no con los espectáculos, que es más complicado, sí a través de las redes sociales, del cine, de los audiovisuales... Tenemos una temporada muy apetecible, con títulos recuperados y obras del repertorio «clásico» muy atractivas. Estamos muy ilusionados porque, gracias sobre todo al proyecto Zarza, que es mi niña bonita, hemos bajado la media de edad de nuestro público en nueve años; hemos subido también el número de funciones en un cuarenta por ciento. Éste es el camino y ahora debemos recuperar la normalidad. La fusión no puede ser un fantasma que nos aceche. Debemos aprender de esto: en este teatro hemos tenido muchísimos apoyos y estamos más unidos que nunca. Aprovechémoslo para encarar el futuro, porque está claro que en el teatro y en el INAEM hay que cambiar muchas cosas.

Dice que el Teatro de la Zarzuela no es enemigo del Teatro Real.

Claro que no. ¿La Ópera de París es enemiga del Chatelet, un teatro musical? No. Estoy convencido de que tampoco el Real nos ve como un rival. Tenemos caminos y objetivos distintos, simplemente. A lo que aspiro es a recuperar la marcha que llevábamos hace tres meses.

¿Qué es lo que más le ha dolido en este tiempo?

No haber podido abrir las puertas a los espectadores.

¿Y qué se ha hecho mal?

No estaba resuelta la manera de trasladar a unos empleados públicos a una fundación. La letra pequeña siempre es muy complicada, y en este proceso no se ha tenido en cuenta por hacer las cosas con prisas y con oscuridad.

El proyecto no se ha enterrado completamente.

Pero si se quiere hacer hay que empezar de cero otra vez.

Y, en el caso de que se hiciera bien, ¿cree que una hipotética fusión beneficiaría al Teatro de la Zarzuela?

Si se quieren hacer bien las cosas, hay que convertir al Teatro de la Zarzuela en una fundación pública y distinta de la fundación del Teatro Real. Y en un futuro, tal vez, y con las cosas bien hechas, podrían unirse o tener una relación. Con lo que no estoy de acuerdo es con que una fundación se coma a la otra. Sí creo, insisto, en que el Teatro de la Zarzuela debe ser una fundación; es la manera de proteger mejor el género y le permitiría funcionar con mayor agilidad. Espero que todo lo que ha ocurrido pueda servir de reflexión.

Usted, evidentemente, cree en el teatro público.

Sí, claro, absolutamente, y la Zarzuela no dejaría de serlo por ser una fundación. Me he educado en el teatro público, llevo desde 1986 trabajando en teatros públicos; la defensa del patrimonio es el deber de cualquier gobierno, pero no se puede mantener el actual modelo de gestión. La que hay ahora no es válida; un teatro tiene un ritmo distinto del de la Administración pública. La fundación no significa tener carta blanca para hacer lo que se quiere, pero sí le da al teatro agilidad, autonomía; y, esto es importante, protege y aísla de cualquier cambio político. Hay muy buenos ejemplos de fundaciones en España y en el mundo: La Abadía, el Teatre Lliure, el Piccolo Teatro y La Scala de Milán... Si todos los teatros, incluidas las grandes ballenas que apenas se mueven, tienden a convertirse en fundaciones, debe de ser lo más acertado. Quiero trabajar en ese sentido, y las mesas de trabajo que ha anunciado el ministro de Cultura espero que nos ayuden a avanzar en esa dirección.

«Nunca entendí por qué todo tenía que ser tan rápido, ni por qué se hacía a mitad de una temporada, pero no creo que hubiera motivos ocultos»

¿Piensa usted que, con respecto a esta fallida fusión, no hay mal que por bien no venga?

Espero que nos sirva a todos para reflexionar. También al personal del teatro. Eso es lo que pienso. Y que, tanto en el caso de seguir igual como en el caso de que nos convirtamos en fundación, seguiremos siendo una institución pública, y en el público tenemos que seguir pensando. Por ejemplo, con el precio de las entradas. Ahora las tenemos desde 4 a 50 euros. Y eso sí que es obligación del Estado. No podemos olvidarnos de que la zarzuela es un género eminentemente popular; jamás va a tener el glamour de la ópera. Las entradas en el patio de butacas de La Scala de Milán, donde acabamos de estrenar «Il Pirata», cuestan 265 euros. Eso nunca puede suceder en La Zarzuela, ni aunque hagas «Doña Francisquita» con los mejores cantantes, como hacemos la temporada que viene. No corresponde con el teatro ni con el género. Y hacer posible que se mantengan los precios populares sí es obligación del Estado. No hay que confundir; una fundación pública no puede depender de la cuenta de resultados. Es un cambio jurídico que ayuda a que la gestión sea más sencilla, menos burocrática. Y que ayuda a proteger al teatro y al género al margen de lo que pueda ocurrir políticamente, que es el gran mérito de Gregorio Marañón en el Teatro Real.

Ha utilizado la palabra turbio. ¿Cree que en la elaboración del decreto de fusión ha habido motivaciones espurias?

No lo creo. Sinceramente. Nunca entendí por qué todo tenía que ser tan rápido, ni por qué se hacía a mitad de una temporada, pero no creo que hubiera motivos ocultos. Pero la manera en que se ha hecho ha dañado mucho al teatro. Hemos cancelado muchas funciones. No sé si en la historia del INAEM ha habido antes tantas huelgas... A veces, por desconocimiento, uno comete errores. Creo que ha sido eso, no pienso que haya habido intenciones oscuras.

¿Pero cree que eran necesarias tantas huelgas? El mayor perjudicado es siempre el público. ¿No se hubieran podido llevar a cabo otras medidas?

La huelga era la única forma que tenían los trabajadores de ser escuchados. El diálogo no existía, y ahí tengo que echar la culpa a las dos partes. No hay diálogo si no lo quieren los dos. Cuando ha habido diálogo se levantó la huelga. Se trataba de hablar... Si es que estamos condenados a hablar. Es más fácil de lo que parece. Sucede como con las relaciones de pareja o con los amigos; hay que sentarse a hablar para solucionar las cosas. Y éste es el mérito del ministro José Guirao, que en 24 horas ha sido capaz de reunirse con la dirección del Teatro de la Zarzuela, con la dirección del Teatro Real y con los sindicatos.

«La huelga era la única forma que tenían los trabajadores de ser escuchados. El diálogo no existía»

Usted tenía una posición complicada; estaba en el medio y, lo ha dicho siempre, usted es un hombre de escenario, no de despacho.

Yo no soy un hombre extremista por naturaleza. Llevo treinta y cinco años trabajando en esto, y suelo ser comprensivo con ambas partes cuando se plantea un conflicto similar. Era complicado, porque yo sé que este sistema de gestión no es ni el más ágil ni el más útil para el teatro, pero por otra parte me ofendió que no se me consultara el proyecto, ni tan siquiera se me comunicara. No era por el ego, afortunadamente no lo tengo, pero me fastidiaba que yo podía haber aportado mucha información y podía haber ayudado mucho; conozco muy bien las dos casas, he trabajado en las dos. Y me sentí infravalorado, sinceramente. Pero insisto... Esto ya ha pasado y no podemos seguir anclados en este asunto toda la vida. Hay que seguir avanzando. A mí me gusta recibir al público en el vestíbulo del teatro los días de función, me gusta estar cerca de los espectadores. El otro día, en el estreno de «24 horas mintiendo», me gustó ver que la gente hablaba con los acomodadores y les daba la enhorabuena. Hay mucho público que estaba preocupado por nosotros, por el teatro, y en ellos hay que pensar.

Mirando, pues, al futuro sin olvidar el pasado. ¿Qué va a pasar con «Policías y ladrones», que era el primer estreno de una zarzuela de nueva creación en muchos años, y que no pudo estrenarse por la huelga?

Está previsto estrenarla, por una cuestión de honestidad, sobre todo; fue un encargo del teatro, de un teatro público. Ha costado un dinero que hemos pagado todos, y la producción está guardada en unos contenedores. Eso no puede ser. Por no hablar del trabajo de todos los que lo crearon y pusieron en pie la producción. Así que estoy buscando fechas para estrenarla la próxima temporada o la siguiente. Y mi intención es reponer también «La tabernera del puerto», que tanta gente se quedó sin ver.