Una escena de «Los cuerpos perdidos»
Una escena de «Los cuerpos perdidos» - Teatro Español
CRÍTICA DE TEATRO

«Los cuerpos perdidos»: el corazón del infierno

La obra de José Manuel Mora, dirigida por Carlota Ferrer, se presenta en el Teatro Español

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José Manuel Mora (1978) es uno de nuestros más destacados autores de teatro actuales. Hay en él una enorme capacidad de innovación y una ambición que se proyecta en cada una de sus obras. «Los cuerpos perdidos» es, en el fondo, un relato tradicional, pero su carácter fragmentario, sus grietas discursivas, su utilización del silencio hacen que lo percibamos de otra manera, como una especie de entropía escénica. Sin temer al riesgo, a la profundidad, ni a expresar lo real con toda su carga de violencia, de límite, de extrañeza, «Los cuerpos perdidos» nos habla de uno de nuestros infiernos contemporáneos, Ciudad Juárez, el infierno de la violación y asesinato de mujeres, el infierno del miedo. La historia de Rosa y Silvia Elena es la historia de cómo la maquinaria del poder puede actuar impunemente, de cómo juega con los sueños de estas chicas, con los cuerpos de estas chicas, con sus sentimientos hasta reducirlas a meros juguetes sexuales y dejarlas abandonadas con una bala en la cabeza. Es, por tanto, el relato de una locura extrema y de un terror extremo, no ajeno a una indudable dimensión política.

Mora crea una obra sin concesiones que es un golpe en la boca del estómago del espectador. Y lo es porque apela a nuestro silencio cómplice, nuestra relación con el mal, nuestra moralidad con dobleces.

El trabajo de dirección y dramaturgia de Carlota Ferrer y José Manuel Mora no dejará tampoco indiferente. Ferrer y Mora convierten la obra en una fiesta macabra, pop y muy mejicana, llena de rito y muerte. Añaden música, números coreográficos, someten a los actores a un intenso trabajo de interpretación, de gestualidad. Convierten el escenario en un campo simbólico lleno de fuerza visual y poesía. Esas lavadoras con los tambores iluminados en el escenario a oscuras donde se hace la colada obsesivamente de las ropas de las chicas muertas, esos animales humanos devorando el cadáver de una de ellas, la llegada, entre los gases neblinosos del vertedero, de la policía científica mientras zumban los insectos. La riqueza de recursos de Ferrer y Mora son, sin duda, de una originalidad y riqueza imaginativas apabullantes, tan pop-barrocos, negramente humorísticos y trágicos como la cultura que plasman. El micrófono situado en el centro de la escena invita a la confesión, pero el efecto que se crea es el de la sucesión de una serie de monólogos demasiado mecánicos, sin la fuerza de los diálogos que el texto original posee.

Sin prescindir de lo melodramático, de cierto patetismo, Mora sabe llevarnos al límite de esta realidad y denunciarla con palabras verdaderas.