Beatriz Argüello y Rafa Castejón, en una escena de la obra
Beatriz Argüello y Rafa Castejón, en una escena de la obra - Sergio Parra
CRÍTICA DE TEATRO

«El castigo sin venganza», un Lope que se siente y se huele

La Compañía Nacional de Teatro Clásico presenta el último trabajo de Helena Pimenta como directora de la institución

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Alguien tendrá, el día que deje la dirección de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que agradecer públicamente a Helena Pimenta el trabajo que ha hecho por presentar el repertorio de nuestro Siglo de Oro con la dignidad, la calidad y la contemporaneidad con que ella lo ha presentado. No es solo cuestión de medios, que los tiene al frente de esta institución, sino de haber tomado el testigo de sus antecesores en el cargo y haber allanado un poco más el camino para quienes en el futuro tengan el valor -o la responsabilidad- de dar vida a este tesoro que es nuestro teatro clásico.

«El castigo sin venganza», de Lope de Vega, es un montaje ejemplar desde muchos puntos de vista: desde la elección del texto, un Lope crepuscular y «fieramente humano» -e inteligentemente desbrozado, como es costumbre en él, por Álvaro Tato- hasta el tono de la función, donde se adivina un tinte de melancolía, pasando por la serena elegancia que desprende la puesta en escena.

Helena Pimenta califica «El castigo sin venganza» como «la pieza fundamental de la tragedia clásica española». Es una historia donde poder y honor conviven con lealtad, deseo, amor y desprecio, que Lope de Vega atraviesa con unos personajes de una profunda humanidad, convertida por Álvaro Tato, al igual que la historia, en una conmovedora esencialidad. Incluso la terrible decisión del duque de Ferrara de matar a su adúltera mujer y a su propio hijo encuentran un rincón por el que tratar de explicar el horror. El malentendido y doloroso sentido del deber se impone sobre la compasión y el amor, pero resulta difícil dictar sobre el cruel personaje una sentencia absolutamente condenatoria.

La puesta en escena de Helena Pimenta consigue que Lope no solo entre por los oídos -sus versos son poderosamente hermosos-, sino también a través de los sentidos. Hay mucha poesía escrita también a través de las luces y del movimiento -de Juan Gómez Cornejo y Nuria Castejón respectivamente-, que le confieren al montaje un perfume poético e incluso pictórico -el coro tiene un aire magrittiano- que dulcifica el amargo sabor de la tragedia. La humanidad de los personajes la subraya Helena Pimenta, pero la escriben los actores. Hay que salvar prejuicios referentes a la correspondencia de la edad de los actores y entrar en la convención que se propone sobre el escenario, y una vez hecho esto disfrutar con los trabajos de todos; desde la árida nobleza (y jerarquía actoral) de Joaquín Notario; la doliente amargura de Rafa Castejón o la sonriente gallardía de Beatriz Argüello. Junto con estos tres protagonistas, cuatro «secundarios» que en algunas de sus intervenciones elevan la temperatura del montaje: Lola Baldrich, Nuria Gallardo, Carlos Chamarro y Javier Collado.