Una escena de «La casa de Bernarda Alba»
Una escena de «La casa de Bernarda Alba» - Ángel de Antonio
CRÍTICA DE ÓPERA

«La casa de Bernarda Alba», el pálpito del sinvivir

La Zarzuela presenta la ópera de Miquel Ortega sobre la obra de Federico García Lorca

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Apenas dos meses antes de morir asesinado, García Lorca y Lluís Bagaría hablaban de Granada: lugar «donde se agita actualmente la peor burguesía de España.» La entrevista se publica de nuevo en el programa editado por el Teatro de la Zarzuela con motivo de la puesta en escena de «La casa de Bernarda Alba», ópera de Miquel Ortega sobre libreto de Julio Ramos, en cartel hasta el 22 de noviembre. Tanto las palabras de Lorca como su «Bernarda Alba», de la que esta ópera procede, son contemporáneas. Ambas respiran el extraño ahogo de lo que haciéndose pequeño, es también agobiante y opresor. Trágico.

La misma burguesía que mató al poeta es la que lleva al suicidio a Adela en una casa que por acción del gran escenógrafo Ezio Frigerio (con Riccardo Massironi) es ahora un patio de dos alturas, con aire costumbrista, encalado y algo avejentado. El martes, al levantarse el telón hubo aplausos, porque es evidente la sensorialidad de un espacio de mágico realismo. Se complementa con el impecable vestuario de Franca Squarciapino, afirmación de veteranía, de oficio bien resuelto, donde nada es inútil o estrafalario. Un detalle lo intensifica: la iluminación de Vinicio Cheli y su aparente inmovilidad. Incluso el trabajo de la directora Bárbara Lluch, ordenado, pulcro y coherente.

Con todo ello se ratifica el sentido final de la música de Ortega, quien estrena ahora la versión para orquesta de cámara, retomando el papel de la criada Poncia en versión para voz masculina. Apenas es un gesto añadido a los pocos que se han hecho sobre el texto de origen.

La ópera da cobertura y respaldo a la fuerza, a lo incisivo y al enojo de la osamenta lorquiana. Si Ortega lo acata (qué más da que sea desde un lenguaje musical «relativamente conservador»), los intérpretes lo respetan. Tan solo se echa de menos un punto de mayor calidad instrumental, a veces una vocalidad más exacta frente a una partitura de línea delicada, pero que todos, a la cabeza la protagonista Nancy Fabiola Herrera, defienden con arrojo y compromiso. Dos palabras que podrían desentrañar la voluntad que inspiraba a Lorca en aquel nefasto 1936.