José Luis García Pérez y Blanca Portillo
José Luis García Pérez y Blanca Portillo - Ceferino López
CRÍTICA DE TEATRO

«El cartógrafo»: los mapas del corazón

Blanca Portillo y José Luis García Pérez interpretan la obra escrita y dirigida por Juan Mayorga

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Los mapas son motivo recurrente en la obra de Juan Mayorga, para quien el teatro sería un mapa, y el dramaturgo, un cartógrafo. Lo subraya Alberto Sucasas en el epílogo de la reciente edición de «El cartógrafo» por parte de La uÑa RoTa, que también publicó el teatro reunido de Mayorga en un volumen que incluía esta pieza. El dramaturgo ha realizado cambios en aquel texto, pero también en el que apenas ha dado tiempo a que la tinta se seque, que ha ido modificando mientras avanzaba en el proceso de la puesta en escena. Teatro en movimiento, en progreso, tenazmente pulido y retocado por el autor, como hacía Juan Ramón Jiménez con sus poemas.

«El cartógrafo» (****) Autor y director: Juan Mayorga. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Música: Mariano García. Intérpretes: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. Matadero / Naves del Español, sala Fernando Arrabal. Madrid.

«El cartógrafo» vendría a ser un mapa de mapas, un laberinto con sentido en que las cartografías se superponen, dan pistas, van revelando pasiones, heridas personales y colectivas, obsesiones, desastres y carencias, intentan descifrar enigmas que tal vez sean solo los ecos difusos de una leyenda casi olvidada. Blanca, una mujer que ha acompañado a su marido, diplomático, a Varsovia, ve una exposición de fotografías del antiguo gueto de la ciudad antes de que la barbarie nazi lo hiciera añicos; sitúa en un plano los lugares reflejados en las antiguas imágenes y sigue un itinerario que reconstruye la cartografía de una ciudad fantasma de la que apenas quedan rastros, una piedra quemada con unos nombres grabados, alguna ruina, poco más… Indaga, visita a personas, recorre lugares y se topa con la historia de un viejo cartógrafo impedido que dibujó el gueto sirviéndose de los ojos de su nieta. En pos del mapa fabuloso, sigue el rastro de ese hombre y esa niña que tal vez nunca existieron. Una doble búsqueda que intenta tanto rescatar una memoria destrozada por la ignominia, abolir el olvido, como encontrar su lugar en el mapa de su propia vida, vacía tras la muerte de su hija. Itinerarios acompasados que acaban coincidiendo en el centro del corazón.

Una historia fascinante en la que también se bosqueja una breve historia de la cartografía. Mayorga la despliega ante el espectador en una puesta en escena austera pero muy expresiva, cartográfica, como reclama en el programa de mano de una función compleja, rica y larga. Blanca Portillo y José Luis García-Perez, que encarnan admirablemente todos los personajes de la obra en un gran ejercicio de versátil calidad interpretativa, trazan al comienzo un perímetro en el que se distribuyen unos pocos muebles: el mapa de este montaje, iluminado por Juan Gómez-Cornejo con una luz que parece rescatada de un remoto desván de la memoria, y se acompasa con la casi desnudez inquietante de la propuesta escenográfica de Alejandro Andújar, que también firma un vestuario envenenado de rojos.