Irene Escolar, en «Blackbird»
Irene Escolar, en «Blackbird» - Vanessa Rabade
CRÍTICA DE TEATRO

«Blackbird»: cuentas pendientes

Irene Escolar y José Luis Torrijo interpretan, con dirección de la obra de David Horrower

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En «Blackbird», David Harrower (Edimburgo, 1966) logra convertir el teatro en un espacio erizado de interrogantes, saca al espectador de su zona de confort para situarlo en una intemperie donde las certezas se difuminan, un lugar que puede resultar tan desasosegador moral y socialmente como fascinante por aventurarse en una zona oscura donde miedos y deseos se confunden. Nos habla de un amor difícil penado por la ley, el que protagonizaron Ray, un hombre de 40 años, y Una, una niña de 12, quien quince años después de aquel episodio que duró tres meses acude a pedir cuentas esa persona que desgarró su vida en ciernes.

«Blackbird» (****) Autor: David Harrower. Traducción: José Manuel Mora. Dirección: Carlota Ferrer. Escenografía: Monica Boromello. Vestuario: Ana López Cobos. Iluminación: David Picazo. Audiovisuales: Jaime Dezcallar. Intérpretes: Irene Escolar y José Luis Torrijo. El Pavón Teatro Kamikaze. XXXIV Festival de Otoño a Primavera. Madrid.

Ray, tras pasar ocho años en la cárcel, ha rehecho su existencia con otro nombre y tiene una pareja estable que conoce la antigua historia. Una lo ha reconocido en una foto de una revista gremial y se presenta a última hora de la tarde en la empresa donde él trabaja. El encuentro, incómodo, tenso, tiene lugar en la sala donde los empleados toman café o un bocado durante la jornada de trabajo, un espacio feo sembrado de vasos de plástico usados que Ray intenta infructuosamente embutir en el hueco destinado a la basura como ha intentado sin éxito borrar de su vida la relación con Una. Esta acción metafórica marca el sentido de la conversación.

Ella, más que venganza, quiere saber por qué él la abandonó en la pequeña localidad costera en la que se habían refugiado. Tiene una herida abierta que guarda y cuida como un tesoro, una obsesión enquistada, el inagotable deseo insatisfecho. Ray, a la defensiva, da explicaciones, quiere esquivar ese cara a cara que confrontará su pasado con el presente; un sorprendente giro final añade perspectivas, interrogaciones y capas freáticas a esa historia en carne viva.

Carlota Ferrer sirve todos estos ingredientes en una imaginativa puesta en escena que utiliza con tino fragmentos filmados y combina el realismo sucio y la ensoñación rememorativa, dos planos explicitados en la estupenda escenografía de Monica Boromello; en el segundo, la directora introduce una coreografía sonámbula que refleja el magma de amor, ira, seducción, incertidumbre, reproches, adicción sentimental, rechazo y pesadumbre que contiene esta obra de tremenda intensidad. Una partitura exigente para dos intérpretes afinadísimos: Irene Escolar, una fiera escénica que sabe ser tierna, vulnerable, atroz, apasionada e inquietante sin bajar la guardia en ningún momento, y José Luis Torrijo, el hombre oscuro, atormentado, con fisuras emotivas y viejas cicatrices, que deja adivinar sombrías zonas subterráneas.