Una escena de «Auto de los inocentes»
Una escena de «Auto de los inocentes» - Isabel Permuy
CRÍTICA DE TEATRO

«Auto de los inocentes», infierno y utopía

José Carlos Plaza dirige un montaje que incluye la pieza más antigua del teatro español

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El infierno en nuestros días tiene el rostro trágico de un ser humano huyendo de la guerra, embarcado en una patatera o confinado en un campo de refugiados desde el que llama a la puerta de Europa. El infierno está aquí, junto a nosotros, y es real. José Carlos Plaza y Pedro Víllora nos lo muestran en este «Auto de los inocentes» que, como es propio de su género, posee una indudable dimensión moral, civil y política. Y que traslada hacia ese basurero humano toda la miseria de nuestro tiempo y, a la vez, toda la dimensión de nuestra esperanza, todo el valor de la utopía.

Texto fruto de muchos textos, en él se conjugan, adaptándolos a un contexto contemporáneo, la sencillez y emotividad del «Auto de los Reyes Magos», el análisis del mal en el «Hospital de los locos» de Valdivielso y la profunda carga existencial del «Auto de la vida es sueño» de Calderón, aparte de composiciones extraídas de nuestro Romancero.

El escenario muestra un campo imaginario situado en el sur de España, junto a una alambrada. En él hay bidones, un carro de supermercado, unas tiendas de campaña, un poste de la luz y pantallas de vídeo o de televisión. La topografía del horror, del dolor y de la desesperación, con ese opresivo color negro, con esa noción de vertedero humano donde se consignan, sobre el ladrillo, todas las víctimas que han pagado con su vida el peso de esta ignominia. La puesta en escena combina, por tanto, la potencia visual y la potencia conceptual ya desde el principio, cuando una voz en off ordena a José a emprender la huida a Egipto.

José Carlos Plaza y Pedro Víllora crean acertadamente un artefacto complejo. En él hay teatro dentro del teatro de la mano de ese animador cultural que interpreta Israel Frías, músicas diversas en la partitura singular de Aguirre de Cárcer, ciencia, magia y una trascendida óptica documental que se filtra a través de los audiovisuales. Es la historia de una familia, de un grupo de refugiados, pero es también un homenaje al poder sanador del arte, al teatro como crítica y permanente diálogo cultural.