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E. R. MARCHANTE

El frío encanto de esta sorprendente historia de vampirismo le obliga a uno a presentarle lo mejor del propio cuello. Un durísimo pellejo (el del argumento, claro) en el que se quedan tan grabados los dos personajes como esa marca ostensible de unos colmillos, un joven extraño y solitario al que acosan sus compañeros de colegio y una chiquilla recién llegada al lugar con la que comparte algún momento helado a la hora del crepúsculo. A ambos personajes los separa un mundo y una pared (son vecinos), pero a través de ésta usan un código morse para relacionarse, o como se quiera llamar a ese paso previo al amor. Aunque no es propiamente una historia de amor, sino más bien, en cierto sentido, un sutil repaso al efecto Pigmalión: todo en la película es aprendizaje, acoplamiento, de los dos protagonistas, pero en especial del espectador a la nueva imagen del vampiro, muy alejada de la clásica.

Se trató de modo parecido, no en la forma pero sí en ciertos rincones del fondo, en «Crepúsculo», donde el modelo también se alejaba del original (allí se rompía con una de las grandes peculiaridades del monstruo, la soledad). El vampiro en «Déjame entrar» es una niña y su mal está tratado como una enfermedad, pero vuelve a ser alguien solo y acorralado, cazador y presa, tan próximo a la fragilidad como a la invulnerabilidad, un hábil remodelador de la ley de dependencia.

El director, el sueco Tomas Alfredson, encuentra el paisaje adecuado a su historia: un lugar desolado, invernal. Y también le encuentra el tono: muy oscuro y sórdido a pesar de que es, en cierta forma, una película juvenil, de colegiales, de primeros amores, de acosos y misterios... Y encuentra el modo de articular de manera sigilosa un mensaje cálido entre el hielo, una cierta poesía entre el horror y un sugerente futuro contra la tapia del presente... El desenlace es prodigioso y fascinante porque en un segundo de lucidez te recuenta la historia desde ese otro ángulo, el ángulo de Pigmalión. Y sólo queda un buen empujón al hermoso título: «Adelante».