Una escena de «El ángel exterminador»
Una escena de «El ángel exterminador» - Sergio Parra
CRÍTICA DE TEATRO

«El ángel exterminador»: no hay salida

Blanca Portillo dirige en el Teatro Español una versión de teatral de la película de Luis Buñuel

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Luis Buñuel, sabio y socarrón, nunca explicó las incógnitas de sus películas. Nadie sabe, por ejemplo, ¿qué contiene la misteriosa cajita de «Belle de jour» (1967)? Pasa igual con las razones que impiden a los personajes de «El ángel exterminador» (1962) abandonar la mansión en la que se encuentran.

¿Es necesario saberlo? Se dice que el cineasta aragonés tenía en mente el cuadro «La balsa de la Medusa» de Géricault cuando concibió el claustrofóbico filme. La idea del naufragio de un grupo de personas cuyos instintos más primarios se desbordan al ser cercadas por la necesidad y las inclemencias está latente en la historia de esos selectos ciudadanos atrapados inexplicablemente en la casa a la que han acudido a cenar y los criados han abandonado justo antes de su llegada. El perverso Buñuel traslada esa sensación de imposibilidad de escapar de una situación agobiante a un opulento interior burgués.

En torno a esa idea gira el montaje de la excelente versión escénica que firma Fernando Sansegundo. No importan los motivos que prolongan el enigmático encierro, pues la vida está llena de situaciones gobernadas por lo desconocido, lo incierto y lo aleatorio. Una idea abierta a muchas lecturas: políticas, religiosas, esotéricas, oníricas, de carácter surrealista, psicológicas… La poderosa puesta en escena de Blanca Portillo acierta en esa tecla de incertidumbre pesimista sostenida hasta la extenuación. Esto es lo que hay: un grupo de personas cultivadas convertidas en seres salvajes cuando lo terrible hace caer las máscaras de la cortesía. Los ejemplos históricos son incontables. No hay salida y si la hay, es indefectible caer en el bucle infinito.

El montaje no es la película ni Portillo pretende que lo sea, pero sí contiene lo esencial: la directora ha sabido atrapar esa atmósfera de angustia interminable y transmitirla al espectador que, dentro del teatro pero fuera de la casa, en un curioso juego de perspectivas, vive esa claustrofobia espantosa. La función rezuma ideas y soluciones sugestivas: un calandino redoble de tambores para marcar las transiciones, las reiteraciones de escenas con ligeras variantes como ocurría en el filme, la reclusión de los personajes en un cubo de cristal y mármol (espléndida la escenografía de Roger Orra)... Y una entrega absoluta de los actores sumergidos en la ceremonia caníbal de la desesperación.