Una escena de «Alguien voló sobre el nido del cuco»
Una escena de «Alguien voló sobre el nido del cuco» - Teatro Fernán Gómez
CRÍTICA DE TEATRO

«Alguien voló sobre el nido del cuco»: los locos vuelven a volar

El teatro Fernán Gómez presenta la obra de Dale Wasserman, bajo la dirección de Jaroslaw Bielski

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Quince años después de su estreno en España, el director polaco Jarolaw Bielski vuelve a hacer volar durante tres horas a estos «cuckoos», a estos locos sobre las tablas del Teatro Fernán Gómez. Quince años después, el actor Pablo Chiapella vuelve a interpretar al irreverente Randle McMurphy como ese enfermo de gamberrismo, provocación y vidas al límite. En una puesta al día que pretende dar validez y actualidad al texto novelístico creado por Ken Kesey, y adaptado al teatro por Dale Wasserman, Bielski ha omitido de esta tragicomedia de dementes todas las conexiones políticas o históricas, para entregarnos un material brutalmente humano, un ajuste de cuentas sobre cómo actúa el poder.

Para ello Laura Lostalé crea un lugar que es un no lugar, un espacio clínicamente blanco donde son abolidas todas las emociones, todos los desvíos y todas las transgresiones. Un espacio donde la limpieza y el orden son tan obsesivos, tan paranoicamente obsesivos, que una y otra vez se higieniza de cualquier huella humana. En el escenario paredes lacadas en blanco, un suelo blanco de vinilo, una enorme puerta cerrada, una cabina de control y, al fondo, unas cortinas de plástico como las usadas en las fábricas de productos cárnicos.

Aquí llegará Randle McMurphy huyendo de la cárcel y se encontrará el infierno creado por la enfermera jefe Ratched e intentará prender la llama de la rebelión en los demás pacientes para los que es imposible escapar del miedo, de sus propios traumas y de sí mismos. El trabajo interpretativo es notable, aunque quizá hubiéramos preferido una señorita Ratched menos estereotipada, más compleja y sutil. Mona Martínez es demasiado brillante para verse reducida. La psicología de bajos fondos, de marginalidad macarra de McMurphy en manos de Pablo Chiapella es una descarga de humor, de naturalidad poligonera y de gran hacer. Sin dejar de mascar chicle se echa a la espalda esta trama desde su ambivalencia y sus múltiples máscaras: ¿McMurphy es un monstruo, un títere o un héroe?

La metáfora está servida en esta clínica psiquiátrica que, en realidad, es un pequeño teatro dentro del gran teatro del mundo moderno. Aquí está un Peter Pan llamado Billy, una víctima de sus perturbaciones sexuales llamado Dale Harding , alguien de las minorías silenciadas que monologa con su padre llamado Jefe Bromden, y un campo de exterminio emocional. Tal vez la histórica adaptación de Wasserman necesite ajustar su reloj a las propuestas de este tiempo para que todos estos locos sigan formando parte del corazón de la gente. Bielski lo intenta.