Una escena de «Fidelio»
Una escena de «Fidelio» - JAVIER DEL REAL
Teatro Real

«Fidelio»: Ojos y oídos no espían

Se trata de una interpretación excesivamaente plana y con unos cantantes que, salvo detalles esporádicos, cantan mal y desafinado

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Cuando el nuevo Real abrió sus puertas circuló la idea de que una de las primeras misiones que debía cumplir era la de educar en la ópera al público madrileño. Se olvidaba de que la historia operística de la ciudad había sido hasta entonces importante en títulos e intérpretes, porque lo que en aquel 1997 llamaba la atención era la aparición de nuevos aficionados que se incorporaban al género atraídos por la promesa del gran espectáculo. Desde entonces se han vivido muchas las cosas y, entre ellas, varias cercanas a la instrucción. Merece la pena recordar «Fidelio» de Beethoven, aprendido al lado de Daniel Barenboim y Claudio Abbado, dos grandes maestros que estuvieron en el Real y cuyo recuerdo vuelve inevitablemente a la memoria ante la reposición actual del título. Ayer se ofreció la primera de las ocho representaciones previstas.

El problema es que la comparación empequeñece demasiado al director musical Hartmut Haenchen, responsable de una interpretación excesivamente plana y algo menos de la presencia unos cantantes que, salvo detalles esporádicos, cantan mal y desafinado. El propio Haenchen explicaba estos días que ha estado distanciado de la obra durante años porque «Fidelio» tiene una escritura imposible. Lo confirma un foso de trazo grueso, que suena excesivo sobre todo al principio, que deja escapar momentos sublimes como el coro de prisioneros y se acerca a la vulgaridad en muchos detalles constructivos, por ejemplo en la manera en la que desarrolla la línea del bajo en el aria de Florestán «Gott! Welch Dunkel hier!». La complejidad del momento es evidente y el tenor Michael König lo reitera con timbre penetrante, «fiato» limitado y rudeza excesiva.

A Harmut se debe la decisión de alterar la tradición que Mahler instauró en su día en el cambio de escena previo al final al sustituir la obertura «Leonore III» por los movimientos tercero y cuarto de la quinta sinfonía. La idea tiene sentido, enlaza bien con la obra y además permitió anoche disfrutar de uno de los momentos mejor resueltos desde la perspectiva musical. También lo fue la aparición de Marzelline y su «O wär’ ich schon mit dir vereint» pues Anett Fritsch tiene un vibrato agradable y cantó con gusto abriendo la puerta a una esperanza que el inmediato cuarteto obligó a perder. Dos citas más entre los protagonistas: Adrianne Pieczonka, Fidelio de medida errática y línea tortuosa, y Franz-Josef Selig responsable de un guardián de registro grave enmudecido.

La producción escénica procede del Palau de les Arts Reina Sofía. Sirvió para estrenar aquel teatro hace ocho años y medio, y todavía se repuso en el Festival del Mediterrani siempre bajo la dirección musical de Zubin Mehta, otro director capaz para «Fidelio». Responde de ella el director teatral Pier’Alli y el tiempo ha terminado por convertirla en un escenario utilitario que tiene su momento de gloria entrando en la prisión de Florestán a través de una hábil mezcla de audiovisual y realidad. En ese espacio se confirma que «Fidelio» es obra de lecturas ilustres y de palabras nobles: compromiso, emancipación, progresismo… Cosas que merece la pena aprender pero que, en esta ocasión, se enseñan mal a un público que hoy ya no es tan lego. «Ojos y oídos nos espían», cantan los prisioneros cegados por la luz de la libertad.