Charo López, en una escena de la función
Charo López, en una escena de la función - david ruiz

Charo López encarna a una Celestina hecha a su medida en «Ojos de agua»

La obra, una versión de Ron Lalá sobre el personaje creado por Fernando de Rojas, llega a la sala Margarita Xirgu del Teatro Español

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Charo López quería volver a escena y buscaba un texto, dice Álvaro Tato, el autor de «Ojos de agua», «para hablar del tiempo despiadado, la belleza perdida, el precio de la dignidad, la conquista de la libertad y la resistencia a la muerte y a la desgracia». La solución estaba en uno de los personajes fundamentales del teatro y de la literatura españoles: La Celestina. «Hay muchos papeles en el teatro que no he hecho y podría hacer -dice la actriz-, pero no han llegado. Ha llegado éste, y es el mejor personaje. Por edad, por físico... El mejor de mi vida».

Charo López ha contado como compañeros de viaje para este proyecto con aroma crepuscular a una efervescente compañía: Ron Lalá. Álvaro Tato ha hecho la dramaturgia a partir del clásico de Fernando de Rojas. El título, «Ojos de agua», proviene de una expresión dicha por Celestina en el acto séptimo del texto original « No me la nombres, fijo, por Dios, que se me hinchen los ojos de agua». «Pueden ser lágrimas o agua de alegría», dice la actriz, y esa expresión se convierte en un leit motiv a lo largo de la función, que dirige Yayo Cáceres -responsable de Ron Lalá-. Carolina González firma la escenografía, Tatiana de Sarabia el vestuario y Miguel Ángel Camacho el diseño de iluminación. Fran García interpreta al espíritu de Pármeno y canta acompañado por Antonio Trapote las canciones compuestas por Cáceres y Tato.

Aroma prebarroco

La dramaturgia se imagina a una Celestina que no ha muerto, que ha escrito su propia historia -la obra de Fernando de Rojas- y que vive sus últimos días refugiada en un convento. «Tiene pesadillas -relata Charo López-, pero no quiere marcharse sin contarle a las monjas su vida, sus anhelos, sus desvelos, sus amores...» El monólogo se desarrolla en tres estancias: el huerto, la cocina y el telar de ese monasterio. «El espectáculo -desvela Yayo Cáceres- tiene un aroma prebarroco, así como reminiscencias de Rojas, e incluye partes del texto original, como el monólogo de Pleberio». La música, como en todos los espectáculos de Ron Lalá, tiene, sigue cáceres, un papel fundamental. «Creo que la música original es una parte muy importante en el teatro, y ojalá tuviera el poder evocador que tiene en el cine».

«A lo largo del montaje -explica el director-, esta Celestina nos trae todo el dolor de su belleza perdida a la vez que su visión a través del humor de su misma desgracia en sus últimas horas. La tragicomedia de Calisto y Melibea y la vieja puta Celestina transformada en ojos de agua para traer a ojos de hoy el agua de ayer que siempre termina enfrentando al hombre a sus grandes temas de la vida: el amor, la muerte, la soledad, mientras se mira en el agua de este río que siempre discurre y que llamamos vida».

El humor empapa toda la propuesta. «Cuando ensayábamos en casa nos reíamos todos mucho», cuenta Charo López. La actriz se refiere al proceso de ensayos como «los tres meses más dulces e intensos de mi vida... Los mejores». «Celestina -concluye Álvaro Tato- es teatro puro, porque es presente, y es presente porque es libre. Su soledad es el precio. Su lucidez es la condena. Dueña de su cuerpo, su mente y su espíritu, como el hidalgo manchego, pero aún más radical en su libertad conquistada y en el precio que paga por ella».