José Carlos Martínez, director de la Compañia Nacional de Danza
José Carlos Martínez, director de la Compañia Nacional de Danza - vanessa gómez

La Compañía Nacional de Danza celebra su XXXV aniversario con una gala tan emotiva como larga

La velada rindió homenaje a María de Ávila y Toni Fabre

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La Compañía Nacional de Danza cumple treinta y cinco años. Fue creada en 1979 por el Ministerio de Cultura, con Víctor Ullate como primer director, y con el nombre de Ballet Nacional de España Clásico. A Ullate le sucedieron después María de Ávila, Ray Barra, Maya Plisetskaya, Nacho Duato, Hervé Palito (aunque fuera de forma provisional) y José Carlos Martínez, su director actual.

Ha sido precisamente Martínez quien ha querido echar la vista atrás en la historia del conjunto, actualmente en un proceso de evolución hacia un modelo de compañía flexible, todoterreno, capaz de abordar un amplio repertorio, desde los clásicos hasta las creaciones contemporáneas; para eso se eligió al bailarín y coreógrafo cartagenero, y eso ha querido mostrar en los dos programas que han precedido a esta gala durante esta breve temporada en los teatros del Canal.

Dos nombres propios

El espectáculo tenía, por encima de todo, dos nombres propios: el de María de Ávila, que fuera su directora entre 1983 y 1986, y que falleció en febrero de este año; y Tony Fabre, que llegó a la CND en 1991 como bailarín, que sería el primer responsable de la Compañía Nacional de Danza 2, y que murió prematuramente hace unos meses, con tan solo cincuenta años. La gala tenía por ello un componente sentimental y emotivo que se evidenció en las sonoras y cariñosas ovaciones que se escucharon cuando se proyectó en el escenario la imagen de los dos artistas desaparecidos.

Pero había muchos más motivos para el sentimentalismo; treinta y cinco años dan para mucho, y en el patio de butacas estaba buena parte de la historia de la compañía: bailarines, directores, técnicos… Incluso público que ha acompañado al conjunto durante todos estos años y ha sido testigo de los muchos vaivenes que ha sufrido, especialmente al principio.

El gran ausente

Buena parte de esa historia tiene un nombre propio: Nacho Duato. El coreógrafo valenciano, que llegó en el año 1990 y permaneció dos décadas al frente de la compañía, fue el gran ausente de la gala. No pudo verse ninguno de sus trabajos, según explicó hace unos días José Carlos Martínez, porque para ello tenía que firmar un contrato con el Ministerio de Cultura, y Duato no quiere tener nada que ver con el Ministerio de Cultura. Pero tampoco está en el programa de mano, donde firmaban unas líneas Víctor Ullate, Ray Barra, José Carlos Martínez y Maya Plisetskaya. Una lástima, porque lo que hizo Nacho Duato por la Compañía Nacional de Danza fue verdaderamente extraordinario, y su labor merecía haber estado presente en la gala. El orgullo, a veces, no es buen consejero.

Los bailarines que han poblado la CND a lo largo de estos treinta y cinco años también estuvieron sobre el escenario; en aplaudidas proyecciones y en la presencia de Imposible Danza, un conjunto creado hace dos años por exbailarines del conjunto.

Cuatro horas de duración

Ellos abrieron la gala en la que lo artístico se dejó llevar, como tantas otras veces, por ese componente sentimental. Las cuatro horas de duración (transcurrió a buen ritmo) son sin lugar a dudas innecesariamente excesivas, y deslucen el trabajo de los artistas; una parte del público había ya abandonado el teatro en la última parte. Es comprensible querer que todas las etapas y todo el mundo esté representado, pero se podían haber buscado piezas más cortas o, en todo caso, se podían haber ofrecido de alguna de ellas solamente fragmentos. Creo que es algo sobre lo que se debería reflexionar en el futuro.

En cualquier caso, fue una magnífica velada de danza, en la que acompañaron a los bailarines de la CND los miembros del Ballet Nacional de España (su compañía hermana, que estuvo también bajo la dirección de María de Ávila) y del Ballet de Víctor Ullate, su primer director. Aquellos ofrecieron «Ritmos», la emblemática, genial y todavía modernísima coreografía de Alberto Lorca sobre música de José Nieto; y los de Ullate bailaron «Bolero».

Hubo momentos extraordinarios, como el paso a dos de «El corsario», bailado por unos magníficos Yae Gee Park y Alessandro Riga (sobresaliente); «Aimless», una vibrante y seductora coreografía de Dimo Kirilov Milev, interpretada por él mismo junto a la deslumbrante Tamako Akiyama (se la va a echar de menos); la emocionante ejecución de «Violon d’Ingres», un trabajo de Tony Fabre, y el exultante final, con esa contagiosa y vitalista coreografía que es «Minus 16».