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Eduardo Vasco: «Otelo no es una historia de celos, sino de manipulación»

El director madrileño presenta en el teatro Bellas Artes su versión de la obra de William Shakespeare

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Eduardo Vasco le ha cogido gusto a William Shakespeare. Hace tres años, tras dejar la dirección de la Compañía Nacional de Teatro Clásico –en la que estaba desde 2004–, reflotó su antigua compañía, Noviembre Teatro, y montó «Noche de Reyes». Hoy llega al teatro Bellas Artes, tras varios meses de gira por España, su montaje de «Otelo», y tiene ya sobre la mesa un nuevo montaje de Shakespeare, «El mercader de Venecia», que verá la luz el próximo mes de febrero. «Otelo», una obra del dramaturgo británico publicada en 1622, cuenta con versión de Yolanda Pallín –habitual colaboradora de vasco–, vestuario de otro fiel, Lorenzo Caprile; escenografía de Carolina González e iluminación de Miguel Ángel Camacho. El reparto (reducido a nueve intérpretes) está encabezado por Daniel Albaladejo (Otelo), Arturo Querejeta (Yago), Cristina Adua (Desdémona) y Fernando Sendino (Casio).

«Las obras de Shakespeare se adaptan a nuestra manera de entener del teatro»«No todos hacemos el mismo tipo de teatro y no todo el teatro se puede tratar de la misma manera», dice Vasco para justificar su apuesta y su petición de apoyo para proyectos como el suyo. Shakespeare sigue siendo necesario, y propuestas como la suya, dice, merecen un soporte que seguramente productos más comerciales no necesitan. «En Noviembre Teatro nos gusta mucho el repertorio clásico –explica Vasco–; y dentro de él, el teatro isabelino nos proporciona mayor apertura, ya que trabajamos con traducciones y no con el original; es un tipo de dramaturgia menos encorsetada que el teatro español del Siglo de Oro, con sus ventajas y sus desventajas. Las obras de Shakespeare se adaptan a nuestra manera de ver el teatro, y nos permite trabajar con un elenco más o menos fijo. Y tras dejar el Clásico, Shakespeare era el autor que más nos apetecía».

A la hora de explicar la importancia del dramaturgo británico, Eduardo Vasco sabe que se va a repetir: «Se ha dicho tanto sobre su obra… Hay una conexión tan directa con nuestra realidad, con el mundo que nos rodea, que nos sigue hablando con la misma claridad que hablaba a sus contemporáneos. Y es algo que va más allá de la estructura, de su manera de dialogar… Shakespeare tiene un lenguaje poético que trasciende la traducción; da igual que el traductor sea malo o peor, su poesía acaba llegando al lector o el espectador. El sustrato profundo de sus reflexiones y sus construcciones aparece siempre, y eso tiene que ver con la belleza. Eso no le pasa a ningún otro dramaturgo».

La belleza de la palabra, asegura el director madrileño, es algo que se ha abandonado en el teatro, como también se ha hecho en la vida. «En primer lugar porque lograrla exige un gran esfuerzo… Pero yo creo que vamos a volver a la palabra, porque esta borrachera de imágenes que nos persigue va a tener que detenerse, porque no es suficiente. Para progresar, debemos ir más allá de la imagen; no hemos tocado fondo, pero estamos yendo a una depauperación del lenguaje y de su significado, a comunicarnos de una manera más inmediata y perezosa. Y el teatro, cuando volvemos a textos como “Otelo”, nos devuelve la belleza y la importancia del lenguaje».

«Otelo» se considera el paradigma de los celos. «No es una historia sobre celos –protesta Vasco–; es una historia sobre manipulación que deriva en los celos. Lo que hemos encontrado en la función, además de la reflexión sobre el poder que está en el personaje de Yago, tiene que ver más con el papel de la mujer en esa sociedad, que no está tan lejos de la nuestra. Muchas veces se ha dejado atrás una base de pensamiento que tiene que ver con cómo la mujer puede afrontar ese tipo de sociedad, y nosotros hemos ahondado en ello porque conectaba perfectamente con nuestra actualidad».

«Hay un mensaje racial, sí, pero no hemos tenido que subrayarlo demasiado»La base del espectáculo de Eduardo Vasco es la manipulación. «Y hay dos subtemas muy fuertes; uno son los celos y otro la vida de la mujer en esa sociedad. La obra transcurre en buena parte en un cuartel, es una obra de militares; la mujer apenas es un objeto decorativo y su labor allí es muy concreta». Y también, claro, afrontan los conflictos raciales. En la versión de Vasco no hay un Otelo negro, tintado; «Otelo es nuestro “moro”, el que tenemos al lado. Vivimos con marroquíes en las calles, y son una referencia cultural muy directa. Y es un “moro” al que se utiliza mientras sirve, y se le aparta cuando ya no es útil. Hay un mensaje racial, sí, pero no hemos tenido que subrayarlo demasiado».